Milgram fue una experiencia científica límite. No hay Milgram después de Milgram. En 1963, demostró que el problema no era el monstruo sádico sino el ciudadano común. El 65 por ciento de los participantes estaba dispuesto a administrar descargas eléctricas potencialmente mortales a otro ser humano solo porque una figura de autoridad se lo pedía. No por odio. Por obediencia.



