Era un salón antiguo, amoblado con los clásicos muebles españoles de asiento tapizado de rojo y patas puntudas, pesados y ceremoniales en la universidad de Córdoba. Mientras se disolvía el acto al que había asistido y me intentaba emocionar con los pasos perdidos como estudiante de abogacía de Juan José Paso, ese invitado perpetuo de mis libros escolares, una mujer que había traducido el acto al lenguaje de señas se me acercó para saludarme. Yo conocía el lenguaje de señas por los libros de Oliver Sacks, quien me había persuadido de su sofisticación y riqueza. Comencé a explayarme sobre el tema con la timidez del neófito, cuando la mujer se pasó repetidamente por la frente la mano derecha. “Este es tu nombre en lenguaje de señas”. ”¡Flequillo!”, grité. ”No se traduce. Es tu nombre”, agregó circunspecta. Pero lo cierto es que me identifico tanto con mi flequillo que lo considero una identidad hasta el punto de pensar “Soy mi flequillo” y recuerdo que durante el velorio de Héctor Libertella, al ver su barba intacta les dije muy seriamente a Eduardo Stupía y Graciela Mónica Fernández, ante sus miradas horrorizadas: “Cuando yo me muera recuerden vigilar que no me saquen el flequillo” .



