
En su reciente libro de relatos “El cuerpo roto”, la escritora ofrece doce textos que, narrados con complicidad y una mirada aguda, recorren escenas de enfermedad, dolor, cuidados y vulnerabilidad. Cómo fue narrar su propia experiencia con el cáncer y por qué cree que la muerte sigue siendo un gran tabú.
“El período entre el primer diagnóstico y el comienzo del tratamiento fue un tiempo extraño. Entré en un estado de euforia, no podía parar de hablar. Me sentía como un personaje de Jack London que avanzaba con su trineo sobre el hielo del Ártico (…). Mi marido, ahora, no solo estaba aterrado por mi enfermedad, sino por mi estado psíquico. Yo parecía feliz, me reía, hablaba sin parar, estaba viviendo una aventura extraordinaria”, dice la narradora de Un canto a la vida, de Ana María Shua. El texto, que recupera la propia experiencia de la autora cuando a los 50 años le diagnosticaron cáncer por primera vez, es uno de los doce relatos que integran El cuerpo roto (Páginas de Espuma, 2026), un libro en el que, entre la complicidad, la ironía y el filo, la escritora se dedica a desentrañar esa “aventura extraordinaria” que atraviesan los cuerpos cuando necesitan algún tipo de cuidado, desean, envejecen o se rompen.
Con texturas diferentes (hay historias en primera persona, cuentos repletos de términos técnicos, descripciones desopilantes, memorias que parecen desenredarse, materiales que después de muchos años recién ahora ven la luz) y un tono cómplice, al recorrer el libro se suceden historias protagonizadas por pacientes, médicos, familias, personas que deben cuidar a otras. Pero, lejos de ser solemne, Shua, que es una maestra de la observación de los vínculos, los exhibe en su desconcierto, frente al absurdo de la enfermedad o de la muerte; en sus maniobras ante lo inevitable, en sus gestos torpes y profundamente humanos.
"El cuerpo roto" salió por la editorial española Páginas de Espuma
– Contaste en algunas entrevistas que hay material de este libro que estuvo mucho tiempo guardado. ¿Qué te llevó a hacerlo ahora?
– Sí, hay un texto en particular, que es el último. Es como una crónica del velorio de mi papá. En algún momento me daba pudor publicarlo porque estaba ahí toda la familia. Yo generalmente no escribo acerca de mi propia familia y no me gusta usar como personajes a la gente que me rodea. Pero bueno, en este caso pasaron muchos años, mi papá murió en el año ‘75 y ese texto lo habré escrito dos o tres años después. Entonces dije “ya está, ya pasó mucho tiempo, se puede contar”. ¡Tampoco hay nada tan impúdico ni mucho menos! (risas). El resto pertenecen a tiempos distintos, algunos estaban publicados en otros libros, otros los escribí especialmente para éste.
– ¿Siempre supiste que este libro iba a tener una columna vertebral tan clara, con el cuerpo en primer plano, con estos cuerpos que en circunstancias muy distintas se van rompiendo?
– Todo empezó en el momento en que yo le presenté otro libro a mi editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor. Él lo leyó y me dijo “sí, todos los cuentos están muy bien, pero no tienen nada que ver unos con otros”. Y yo le dije “es que a mí me gustan los libros así, cuentos muy variados, que el lector se sorprenda mucho cada vez que pasa de un cuento al otro”. Entonces él me retrucó: “Es que yo no publico libros con cuentos, publico libros de cuentos. Entonces siempre busco que tengan algún tipo de unidad, que puede ser de tono o de tema, o de lo que a vos se te ocurra”. Como sé que él es un gran editor y le tengo mucho respeto, me puse a pensar un poco. Al tiempo le dije que sí había un tema sobre el que había escrito mucho, que era el cuerpo, la enfermedad, la salud, la relación con los médicos. A él le interesó y me decanté por ese lado.
– ¿Ahí fuiste agrupando cosas, buscando lo que ya tenías?
– Claro, primero elegí algunas cosas que ya tenía. Y me pasó como te pasa cuando estás armando un rompecabezas, que tenés algunas piezas que ya encajaron y esas son las que van delimitando la forma de lo que falta. Así que de alguna manera ya sabía lo que tenía que escribir. Así fueron apareciendo los cuentos que faltaban.
– Llama la atención, en la mayoría de los relatos, la precisión y la cantidad de detalles que aparecen sobre cuestiones médicas, sobre medicamentos, sobre enfermedades, algunas raras o no tan frecuentes. ¿Siempre te interesó la medicina? ¿Es algo que te gusta, que te atrae particularmente?
– La verdad es que lo médico es algo que me acompaña desde siempre. Es algo que me interesa, me interesa mucho. De hecho, cuando llegó el momento de decidir qué iba a estudiar estuve a punto de seguir Medicina. Hasta que, en una ráfaga de iluminación, me di cuenta de que lo que en realidad más me gustaba de la medicina eran las palabras (risas). No tenía tantas ganas de ser médica pero sí me fascinaban los términos médicos. Así que desde siempre es algo a lo que le presto mucha atención. Además pasa que en esta casa, como dice una de mis hijas, somos enfermos profesionales (risas).
–¿Cómo es eso?
– Es que tuvimos muchas aventuras y avatares en relación con la enfermedad. Así que siempre la estoy escuchando. Pero obviamente aclaro que si hablás conmigo y tratás de profundizar en algún aspecto muy específico no voy mucho más allá de la palabra. ¡Pero la palabra la conozco! Por eso me irritó muchísimo Dr. House, esa serie que le encantaba a mucha gente. A mí me llamaba la atención la cantidad de disparates médicos que mostraba, era irritante. Se salvaba por el actor, que es extraordinario, pero desde el punto de vista médico era un disparate.
Ana María Shua nació en Buenos Aires, en 1951. Publicó su primer libro en 1967.
– En este sentido, hay un par de narradoras de los relatos de este libro que, como vos, también se detienen en las palabras. Hay alguien que repara en que decimos que tal persona “cursa” una enfermedad o un ACV. Y hay otra que se enoja con un médico porque usa una metáfora muy desafortunada para referirse a la muerte. ¿Se recurre a estos términos por miedo? ¿Nos sigue costando encontrar palabras para lo doloroso?
– Por un lado, hablar de la muerte no ha dejado de ser tabú. Y, claro, es algo muy difícil, muy tremendo. Y yo dudo de que esa inclinación sea solamente en nuestra sociedad occidental judeocristiana. Me parece que el tema de la muerte es perturbador para todo el mundo, para todas las sociedades. Yo trabajo mucho con cuentos populares y leyendas de distintas culturas, sobre todo para chicos, y veo en esos relatos que la muerte no es algo natural para el ser humano. En culturas tan diversas como las de los aborígenes australianos y los pieles rojas, por ejemplo, los indígenas de América del Norte. Es interesante ver cómo siempre en la creación del hombre la muerte no existe. El hombre, antes que nada, es creado inmortal y, como en la tradición judeocristiana, está en el paraíso. Hasta que, después de esa creación, aparece algo que irrumpe. A veces es un pecado, a veces es un error, a veces es una traición, a veces es una trampa. Algo que hace que aparezca la muerte. Pero la muerte en sí nunca se presenta como algo natural. Hay un cuento lindísimo de los masái de África en que el héroe cultural le explica a un ser humano que se llama Le'eyo, qué es lo que tiene que hacer para que la muerte desaparezca, para que no exista nunca más. Entonces le dice: “cuando alguien muera en la aldea tenés que llevar su cuerpo hasta el río y decir luna muere, hombre vuelve a la vida”. Un día muere alguien de la aldea y Le'eyo va con el cadáver, mira a la luna y piensa “¿qué, nos vamos a quedar sin luna para toda la eternidad por alguien que se murió? No tiene ningún sentido”. Entonces dice “luna muere y vuelve a nacer, hombre muere y no vuelvas más”. Pero después muere uno de sus hijos. Y entonces Le'eyo se arrepiente y lleva su cadáver al río y dice las palabras mágicas que le habían enseñado, pero esas palabras ya no funcionan. Una vez que fueron dichas ya quedan para siempre así. Entonces la luna vuelve a nacer y el ser humano se muere y no vuelve. Revisando este tipo de leyendas, mitos, historias tradicionales siempre aparece un relato que explica el porqué de la muerte. No conozco ninguna cultura que acepte realmente la muerte del ser humano como algo normal, natural, verdaderamente incorporado a la sociedad y su existencia. Porque nosotros tenemos el prejuicio de que es nuestra sociedad la que tiene a la muerte como un tabú, pero en realidad yo veo que es algo más extendido.
– Entre estos relatos de cuerpos rotos, aparecen por lo menos dos que tienen que ver con historias alrededor de la dictadura. Hay cuerpos que atravesaron la tortura, la desaparición, el exilio o zonas aledañas, digamos. ¿Por qué los incorporaste y, al mismo tiempo, por qué elegiste un tono para nada solemne para contar esas historias? Hay uno que es muy gracioso por cómo la familia ve y nombra a la militancia política y a la vez pasan cosas terribles.
– Sí, ahí suceden cosas espantosas, pero es muy cómico al mismo tiempo. Para mí es inevitable, de alguna manera, que aparezcan estas escenas: mi generación está atravesada por la dictadura y ahí no hay nada que hacer, ¿viste? Yo en el año ‘76 tenía 25 años. Mi hermana se tuvo que exiliar y de hecho buena parte de mi familia más cercana vive en el exterior porque tuvieron que escaparse en ese momento. Por suerte, por suerte se pudieron escapar y por suerte están vivos. A la vez fui al Colegio Nacional Buenos Aires, tenemos 140 compañeros desaparecidos. Es inevitable que todo eso esté presente. Quiero decir: estaba presente en ese momento y nos quedó para siempre. Es como una cicatriz. Aunque no, ni siquiera es una cicatriz, en realidad la dictadura es una llaga que llevamos encima. Yo nunca escribí directamente sobre el tema de la dictadura, pero en todos mis libros aparece de alguna manera o como telón de fondo o como parte de alguna situación. Siempre por algún lado se filtra y resulta inevitable.
Lo médico es algo que me acompaña desde siempre. Es algo que me interesa mucho. De hecho, cuando llegó el momento de decidir qué iba a estudiar estuve a punto de seguir Medicina. Hasta que, en una ráfaga de iluminación, me di cuenta de que lo que en realidad más me gustaba de la medicina eran las palabras.
– En Un canto a la vida, el relato que abre el libro, la narradora habla de su enfermedad, que es el cáncer, como “una aventura extraordinaria”. Por un lado, hay como una épica, por el otro pareciera que se está de algún modo curioso divirtiendo. ¿Te interesan esos contrastes?
– Por un lado, todo eso que aparece ahí es totalmente autobiográfico. Tenía 50 años en ese entonces y cuando empecé con la enfermedad entré en un rarísimo estado de euforia. Como cuento ahí, me sentía como en una novela de Jack London entre los hielos y luchando contra una manada de lobos. Entonces había un elemento épico, pero a la vez no podía dormir. Después vino la quimioterapia y me barrió completamente. Me barrió la personalidad, ya no era yo misma y dejé de escribir ese texto que se menciona ahí y que estaba escribiendo al principio, cuando empezó todo. Así que nada, lloraba todo el día, qué te puedo decir. Lloraba y no hacía más que llorar y sufrir. Por eso me causa un poco de gracia cuando a los enfermos se les pide valentía, a mí siempre me costó esa clase de solemnidad. Por eso también, en el cuento, la idea de un canto a la vida empieza por ser sarcástica y para terminar convirtiéndose de verdad un canto a la vida.
– Aquel texto que no podías escribir cuando recibiste el diagnóstico lo retomaste muchos años después.
– Sí, como 20 años después. Y después tuve cáncer muchas veces más pero ya está, ya escribí un libro sobre el asunto. ¡No puedo seguir escribiendo cuentos sobre cáncer! (risas).
Distinguida con la Beca Guggenheim, el Premio Konex y el Premio Nacional de cuento, entre muchos otros, Shua es considerada una maestra de la narrativa argentina.
– Antes hablabas del pudor que te generaba publicar una historia que tenía como protagonista a tu familia. Cada tanto suelen aparecer debates alrededor de lo autobiográfico y la literatura, esto de qué contar, si hay algún tipo de límite. ¿Cómo te llevás con esto?
– Creo que todo vale. Pienso que hay gente que trabaja con su autobiografía de una manera magnífica. Estoy pensando, por ejemplo, en Músicos y relojeros de Alicia Steimberg. Es maravilloso y es muy autobiográfico. O lo bastante como para pelearse con toda su familia durante años (risas). Pero hay muchos más, no sé, Henry Miller o Jorge Asís han sido muy autobiográficos. Y otros no son autobiográficos en absoluto y también producen gran literatura. No veo que haya ninguna relación entre la calidad literaria y el tipo de material con el que uno trabaja. Hay autores que prefieren trabajar con lo autobiográfico y otros no. Yo en este libro tengo de todo. Tengo el primer cuento y el último que son muy autobiográficos y otros que no nada tienen que ver conmigo. En cualquier caso, me parece que nos pasa a todos los autores y autoras, que hay elementos de la vida que uno conoce personalmente por una u otra razón y al momento de escribir los usa. A la vez, creo que cuando estás escribiendo todo confluye en tu texto de maneras imperceptibles: tus recuerdos, tus vivencias, lo que te está pasando en ese momento.
– Venimos hablando de cuentos, pero has dedicado mucho tiempo, sobre todo últimamente, a pensar el género del microrrelato. ¿Qué te atrae de él, cuál es la diferencia con el cuento?
– Sí, en realidad siempre estuve cerca del microrrelato, fue lo primero que escribí para adultos. No fue lo primero que publiqué, claro, porque el microrrelato siempre fue muy difícil de publicar. Como me pasa con la mayoría de las cosas, me atrajo antes que nada como lectora. Cuando yo empecé a leerlos en realidad no se decía microrrelato sino “cuento brevísimo”. Y no eran más que eso, cuentos brevísimos. Después vinieron los nombres científicos, que en realidad me parece que alejan un poco a la gente, esto del “microrrelato”, la “mini ficción”, o la “micro ficción”. Lo que los diferencia de los cuentos es solamente la extensión. Después está lo que me pasa a mí cuando los escribo: el micro relato ya nace en mí con su forma puesta. No tengo que buscarlo mientras estoy escribiendo. Nace así, es así. Después vendrá el pulido, el cambio de alguna palabra o algún signo de puntuación. Pero la idea central es inamovible. Por el contrario, el cuento va surgiendo mientras lo escribo. O sea, yo sé el tema del cuento pero muchas veces no sé el final. Hay escritores que necesitan saber el final sin falta, si no no pueden avanzar. Escritores tan disímiles como Abelardo Castillo o (Roberto) Fontanarrosa, por ejemplo. Yo no soy así para nada, voy encontrando el final mientras escribo. Muy rara vez tengo el final antes de empezar. En el caso del microrrelato, lo que me pasa es que produce ese enorme placer de concentrar una alta cantidad de significado en una mínima cantidad de significante. Así que me gusta mucho como lectora y todos nuestros grandes maestros del cuento han escrito microrrelatos. Pienso en autores tan variados como (Jorge Luis) Borges, (Julio) Cortázar, (Marco) Denevi, Silvina Ocampo, (Isidoro) Blaisten.
Siempre estuve cerca del microrrelato, fue lo primero que escribí para adultos. No fue lo primero que publiqué, claro, porque el microrrelato siempre fue muy difícil de publicar. Como me pasa con la mayoría de las cosas, me atrajo antes que nada como lectora.
– ¿Escribís todos los días?
— Sí, teóricamente sí (risas). En el último tiempo estoy muy vaga pero teóricamente escribo todas las mañanas. La idea es que a las nueve, nueve y media esté sentada en mi oficina frente a la compu. Y, bueno, algo tiene que salir.
– ¿Con qué estás ahora?
— Anduve con varias cosas porque escribo mucho para chicos. Pero mucho, mucho, mucho. Y tengo una enorme cantidad de libros de adaptaciones también, de leyendas y cuentos populares. Por lo general sigo el siguiente orden: un libro de microrrelatos, uno de cuentos, una novela. Para mi orden mental ahora debería me tocaría una novela. ¡Pero no tengo ninguna idea de novela, así que vamos a ver! (risas).
– Cuando decís “idea”, ¿ese punto de partida es una imagen, una anécdota, una palabra?
— La verdad es que no lo sé. Nunca sé de dónde va a salir lo que escribo. Pero no es una imagen ni una palabra, sobre todo con las novelas tiene que haber una idea de novela. Un tema general. Quizás todavía no aparecen los personajes, pero tiene que haber un tema general, como si me dijera a mí misma “esta historia se va a tratar de tal cosa”. Al mismo tiempo tiene que haber un rumbo, aunque no sepa el final o en el camino vaya dando vueltas, tengo que tener la idea de que estoy yendo hacia algún lugar.
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