
Estudio realizado en Chubut detectó residuos de 49 agroquímicos distintos en moluscos bivalvos recolectados entre 2021 y 2023. Dos compuestos fueron hallados en el 100 % de las muestras: el fungicida carbendazim y el diclorvós, un insecticida retirado del mercado argentino en 2018 por sus riesgos toxicológicos.
Desde la costa de la ciudad turística de Puerto Madryn, en la provincia argentina de Chubut, el Golfo Nuevo parece la postal intacta de la costa atlántica patagónica. Cada invierno, llegan ballenas francas australes a parir en sus aguas tranquilas, bordeadas por la Península Valdés, patrimonio de la Humanidad desde 1999. Pero debajo de la superficie, prendidos a las rocas y a los pilotes del muelle, diversos moluscos bivalvos guardan algo que la postal no muestra: restos fitosanitarios, como trazas de pesticidas y herbicidas, que de alguna manera llegaron a estas aguas intactas.
Durante tres años, investigadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) recolectaron decenas de estos organismos en tres puntos del golfo para responder una pregunta: ¿qué filtran estos organismos?
Al fondo se ve el Muelle Comandante Luis Piedrabuena, ubicado en la ciudad de Puerto Madryn, en la provincia de Chubut, donde llegan cientos de cruceros para el avistamiento de ballenas. Foto: cortesía Secretaría de turismo de Puerto Madryn
Su estudio, publicado a comienzos de 2026 en la revista Marine Pollution Bulletin, analizó la presencia de 57 restos fitosanitarios en moluscos recolectados en el golfo y reportó que ninguno de los animales se encontraba libre de estas sustancias. Al menos 49 de los 57 compuestos analizados, la mayoría de uso agrícola, estaban presentes al menos una vez en las muestras.
Lo que vuelve llamativo el hallazgo es la pregunta de dónde vinieron. El Golfo Nuevo es una cuenca semicerrada, su forma hace que el agua se renueve lentamente y favorece que las sustancias que ingresan permanezcan retenidas, explica a Mongabay Latam, David Galván, doctor en biología, ajeno al estudio y especializado en ecología marina con foco en ecología trófica y comunitaria.
Llama la atención que, según el último Censo Nacional Agropecuario (2018), la provincia de Chubut destina menos del 1 % de su superficie a la producción agrícola. Incluso, el propio estudio describe la actividad agroindustrial de la región como baja, con olivicultura limitada tierra adentro y ganadería dispersa a lo largo del territorio.
Pesca de ostiones o vieiras, en la provincia de Chubut. Foto: cortesía Secretaría de Pesca de Chubut
Lo que dicen los moluscos sobre el agua que los rodea
¿Por qué buscar información en un molusco? Los bivalvos, el grupo que reúne a mejillones, cholgas, almejas y vieiras, son animales sin cabeza, encerrados entre dos caparazones que dejan pasar el agua. Tienen formas que varían desde las cuñas negras, azuladas y alargadas del mejillón; los surcos de gran tamaño en el caparazón de la cholga; las corazas lisas y macizas de la almeja blanca; y las rayas que nacen de la cubierta en forma de abanico de las vieiras.
Todas comparten la particularidad de alimentarse mediante la filtración de agua, reteniendo en su cuerpo alimento en suspensión. Al filtrar sin descanso, estos moluscos quedan expuestos directamente a todo lo que el agua transporta.
“Los moluscos bivalvos que filtran o están alimentándose y pasando agua integran al mar a lo largo de su vida un montón de agua filtrada. Entonces, en un experimento con un molusco bivalvo, amplías el volumen de agua muestreado”, dice Galván.
En ese paso del agua por el organismo ocurre lo que el experto explica como bioacumulación. “El organismo está en contacto con un contaminante y ese contaminante entra al cuerpo de forma más lenta que en la que sale, y entonces lo acumulan”, describe.
El resultado es que un solo molusco no refleja el agua de un instante, como haría una muestra tomada con un frasco, sino la suma de todas las sustancias que han pasado a través de él. A esa capacidad se suma una segunda característica distintiva: los bivalvos son organismos sésiles, permaneciendo fijos en un mismo lugar durante su vida adulta.
Por eso, lo que se detecta en sus tejidos corresponde al ambiente puntual donde habitan, “si haces un análisis con un pez, vos no sabés dónde comió ese pez, por dónde estuvo nadando”, señaló Galván. “El animal pudo haberse contaminado lejos del lugar donde fue capturado; el molusco, en cambio, no se mueve”. Estas características convierten a los moluscos en “centinelas” de la contaminación marina, tal como el estudio los describe.
Los moluscos bivalvos, como las cholgas, deben consumirse con precaución cuando hay grandes mareas. Foto: cortesía Gobierno de Argentina
El trabajo realizado por especialistas del INTA, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la Universidad Nacional de Hurlingham, analizó 87 moluscos bivalvos recolectados entre 2021 y 2023 en distintos sectores del Golfo Nuevo.
De los compuestos detectados, 28 superaron los 10 microgramos por cada kilogramo del tejido del molusco analizado. Sin embargo, como en Argentina no existen límites máximos de residuos específicos para moluscos bivalvos, los investigadores utilizaron como referencia el valor genérico de 10 microgramos por kilogramo establecido por la Unión Europea para los casos en que no existe un límite específico para una sustancia.
Entre los 28 compuestos que superan el umbral están el carfentrazone-etil, un herbicida empleado para el control de malezas y que registró las concentraciones más elevadas, con un promedio de 1904 microgramos por kilogramo (llegando a un máximo de 4139.5 microgramos por kilogramo) mientras que el carbendazim, un fungicida, y el diclorvós, un insecticida, estuvieron presentes en el 100 % de los ejemplares analizados.
El diclorvós fue retirado del mercado argentino en 2018 por decisión del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), tras evaluaciones que advirtieron riesgos para la salud humana y el ambiente.
Los autores aclaran en el texto, no obstante, que ese valor de referencia de 10 microgramos por kilogramo no constituye un límite toxicológico para consumo humano, sino una herramienta comparativa que permite señalar sustancias que merecen investigaciones adicionales.
Mongabay Latam solicitó una entrevista con los autores del artículo para profundizar sobre los hallazgos, pero desde la Coordinación Nacional de Comunicación Institucional del INTA señalaron que, al tratarse de resultados preliminares que todavía no permiten identificar con precisión el origen de los compuestos detectados, prefieren no hacer declaraciones en esta etapa de la investigación.
El Golfo Nuevo está ubicado en la provincia de Chubut, frente a la ciudad de Puerto Madryn. Foto: cortesía CESIMAR Conicet
Un golfo sin mercado
El artículo describe al Golfo Nuevo como un ambiente natural propicio para los moluscos bivalvos, pero aclara que la zona no figura entre las áreas de producción reconocidas sanitariamente por el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) para su comercialización.
Consultados por Mongabay Latam, tanto José Ascorti, de la Asociación de Pescadores Artesanales de Puerto Madryn, como Paola Ciccarone, directora de Coordinación Pesquera y Acuicultura de Chubut, coincidieron en que la extracción comercial de bivalvos se concentra actualmente en el Golfo San José. Según Ascorti, en el Golfo Nuevo los bancos naturales son escasos y la pesca artesanal de mejillones, cholgas, almejas y vieiras no se desarrolla de forma comercial.
Ascorti, ex presidente de la asociación y quien trabajó 34 años como buzo marisquero antes de retirarse, explicó que “el Golfo San José tiene otra temperatura del agua, su boca mira al norte y recibe corrientes más cálidas, mientras que la del Golfo Nuevo se abre al sur, a aguas frías. El otro golfo [San José] es mucho más productivo”.
La ausencia de extracción comercial de bivalvos no significa ausencia de explotación de otros recursos pesqueros para consumo. En el Golfo Nuevo sí se capturan cangrejos y pulpos, señala Ascorti. Según David Galván, allí entra en juego la biomagnificación, un proceso por el cual los contaminantes se concentran a medida que ascienden en la cadena alimentaria: “Cuando un cangrejo se come al mejillón, no come uno. A lo largo de su vida consume miles y acumula los contaminantes que cada molusco retuvo. Y si un pulpo se alimenta de esos cangrejos, acumula más”.
El riesgo mayor de consumir estos moluscos, según Ascorti, no sería para los pescadores locales sino para quienes desconocen la zona. Cerca del muelle de Puerto Madryn, donde se hacen las primeras inmersiones de los buzos principiantes, cualquiera puede estirar la mano y sacar una cholga pegada a un pilote. “Probablemente pase que se lo coman así nomás entre turistas, gente que no es de la zona y no sabe sobre pesca”, aclara el pescador sobre el consumo informal.
Al menos 21 ballenas de la especie Franca Austral (Eubalaena australis) murieron en el Golfo Nuevo de Península Valdés, en Chubut. Especialistas estiman que pudo ser la marea roja. Foto: cortesía Camila Tavano – Cenpat
La diferencia, sostiene, es que los locales sí saben lo que un visitante desprevenido no: “Acá toda la gente de la zona está bien concientizada de que no puede consumir ninguno de estos moluscos, en principio por la marea roja [la proliferación excesiva de microalgas tóxicas para el consumo humano]. Han encontrado contaminación cerca de los muelles también”.
Según Ascorti, sólo desde hace unos 15 años se ha empezado a tomar recaudos en los muelles. “Antes, incluso la sentina de los barcos [el punto más bajo del interior del casco de un barco, donde se depositan naturalmente los restos de aceite o los combustibles] se vaciaban en el propio muelle. Y los turistas no saben esas cosas”.
Aunque el SENASA es el organismo encargado de reconocer las zonas de producción de moluscos bivalvos y otorgarles validez sanitaria para su comercialización, el monitoreo de esas áreas recae en las autoridades provinciales, que deben realizar estudios periódicos sobre la calidad sanitaria y ambiental de las aguas y de los propios moluscos, conforme a los criterios establecidos por la Resolución SAGPyA 829/2006.
Entre los contaminantes que la normativa contempla para la evaluación de las zonas de producción se encuentran los compuestos organohalogenados, como el clorotalonil, uno de los fungicidas detectados en el 100 % de las muestras.
En paralelo a las exigencias de la normativa nacional, la Secretaría de Pesca de Chubut mantiene un monitoreo mensual centrado principalmente en la detección de marea roja. Para ello analiza muestras de agua y moluscos en busca de las biotoxinas producidas por ciertas microalgas que pueden volver peligroso su consumo. A ese seguimiento se suma un control de los productos extraídos por la pesca artesanal antes de su comercialización.
Ninguno de estos programas, sin embargo, incluye análisis de restos fitosanitarios. “No se analiza ni presencia de agroquímicos porque no es el objetivo del programa”, aclaró Ciccarone.
Lo que el viento, o el agua, se llevó
El estudio no profundiza en cómo los restos fitosanitarios llegaron hasta los moluscos del Golfo Nuevo, señalando que “aunque la actividad agroindustrial es baja, con un cultivo de olivo limitado tierra adentro y ganadería dispersa, la zona es vulnerable a la escorrentía de pesticidas y a los afluentes de un complejo de procesamiento de productos de mar cercano”.
Los autores apuntan incluso a la deposición atmosférica (proceso por el cual los contaminantes del aire se transfieren hacia la superficie de la Tierra) como un mecanismo posible de contagio.
La Secretaría de Pesca de Chubut monitoreo mensualmente para la detección de marea roja. Analiza muestras de agua y moluscos en busca de las biotoxinas producidas por ciertas microalgas que pueden volver peligroso su consumo. Foto: cortesía Secretaría de turismo de Puerto Madryn
La escorrentía, un fenómeno donde el agua de lluvia en lugar de filtrarse en el suelo corre por la superficie y arrastra lo que encuentra en él, podría haber transportado pesticidas aplicados sobre cultivos o rastrojos hacia cuerpos de agua mayores.
Un estudio de 2021 realizado en el sur de Santa Fe (a unos 1700 kilómetros del Golfo Nuevo), ya vinculó la presencia de agroquímicos en aguas superficiales y subterráneas con la combinación de lluvias, escorrentía y aplicaciones agrícolas.
“Lo interesante en Golfo Nuevo es que no tiene un río, tiene una sola ciudad alrededor, que tampoco es tan grande”, señala Galván. “Tampoco hay un volcado cloacal que conecte la ciudad con el mar, la ciudad cuenta con un sistema de aguas cloacales que van a una cota. Hay pocas personas, no hay agricultura y hay un sistema de tratamiento de agua. Eso hace que el hallazgo del estudio sea llamativo”, concluye.
La deposición atmosférica, por otro lado, funciona cuando un pesticida aplicado sobre un cultivo se evapora desde el suelo, las plantas o el agua, viaja por la atmósfera en estado gaseoso, y vuelve a caer a una nueva superficie, ya sea por su propio peso o arrastrado por la lluvia. Por esa vía, un compuesto aplicado en una zona agrícola puede terminar depositándose sobre una región donde nunca se cultivó.
Este fenómeno ya fue previamente documentado en la Patagonia. Karina Miglioranza, investigadora del Conicet, con base en la Universidad Nacional de Mar del Plata, documentó en un estudio de 2021, la presencia de pesticidas circulando por la atmósfera patagónica.
Un trabajo posterior, de 2024, analizó invertebrados marinos comestibles de un puerto patagónico, hallando restos de agrotóxicos en esos organismos y vinculando su presencia a la vía aérea.
En el fondo del océano, algunas especies guardan historias aún no descritas por los científicos. Eso impulsó la investigación en Puerto Madryn. Foto: cortesía Secretaría de turismo de Puerto Madryn
Un circuito que no termina en el golfo
Lo que el estudio publicado a comienzos de 2026 en la revista Marine Pollution Bulletin confirma es que el Golfo Nuevo no está exento de la huella química que dejan las actividades humanas, incluso sin una fuente evidente cerca. Estos hallazgos conectan además con un marco de estudio que cada vez gana más terreno en la ciencia ambiental: el enfoque “Una Salud” (One Health en inglés), que entiende la salud humana, ambiental y animal como un mismo sistema interdependiente, donde lo que ocurre en un eslabón, como el cultivo a cientos de kilómetros, repercute en los demás eslabones (una corriente de aire y un golfo aparentemente intacto).
Bajo esta mirada, citadas por los propios investigadores, un molusco fijo en una roca patagónica deja de ser un dato aislado de toxicología marina y se convierte en evidencia de un circuito mucho más amplio de ecosistemas que parecen no tener variables en común.
Las vieiras son mariscos bivalvos que tienen un caparazón con dos tapas en forma de abanico. Foto: cortesía Luis de Francesco
Los autores del artículo también coinciden en la falta de más trabajos para poder cerrar este circuito e identificar con precisión la vía de ingreso de los restos fitosanitarios, además de la necesidad de un monitoreo continuo, no solo en estudios puntuales, y la ampliación del análisis a otras especies de la cadena trófica del golfo.
Mientras tanto, el hallazgo deja de fondo otra pregunta: ¿qué está pasando en las áreas patagónicas donde la actividad agrícola sí es intensa? Los moluscos, después de todo, solo registran lo que el aire y el agua ya estaban transportando.
*Imagen principal: las aguas del Golfo Nuevo, en la provincia de Chubut, Argentina. Foto: cortesía Secretaría de turismo de Puerto Madryn
REFERENCIAS
Frydman, C., Gonzales, C., Pesquero, N., Ruiz, M.J., Barbieri, E.S., Mozgovoj, M. & Cristos, D. Occurrence and concentration of agricultural phytosanitary residues in bivalve mollusks collected from Golfo Nuevo, Argentina. Mar. Pollut. Bull. 225, 119298 (2026). https://doi.org/10.1016/j.marpolbul.2026.119298
El artículo original fue publicado por Ana Victoria Domínguez Britos en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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