Con la llegada de un nuevo año, los amaneceres transcurrían entre cambios bruscos y sostenidos. El golpeteo de las hachas sobre los quebrachos, acompañado por los lamentos que ayudaban a sobrellevar el esfuerzo, hería el espíritu de un mundo antiguo, resistente e inclaudicable, siempre bajo asedio. Los trabajos socavaban los cimientos de culturas milenarias y prometían un futuro presentado como panacea, una grandeza visible pero inalcanzable. El capitalismo penetraba en las fibras más sensibles de la naturaleza y la degollaba con la simpleza del engaño y la quietud de la derrota.