El domingo por la noche, en miles de casas argentinas, se repitió una misma escena con pequeñas variaciones: chicos y chicas llorando frente al televisor, mientras madres, padres, familiares y amigos los abrazaban buscando las palabras para consolarlos, aunque estuvieran atravesados por los mismos sentimientos. La selección había perdido la final del Mundial ante España, en el tiempo suplementario, después de un partido bravo, jugado casi al límite del empate que finalmente no llegó. Y ahí estábamos, tratando de explicarles a nuestros hijos e hijas algo que en el fondo también nos costaba a nosotros: que no siempre se gana y que eso no tiene nada de extraordinario.



