
El vínculo amoroso adquiere verdadero valor cuando permite que cada persona se enfrente con sus propios conflictos, límites y deseos. La alternativa no consiste en volver a las estructuras rígidas del pasado ni en refugiarse en relaciones superficiales y sin compromiso, sino en encontrar en la relación una posibilidad de transformación.
“Dios y el hombre no creen en el amor moderno”, dice una canción –ya clásica– de David Bowie.
Que Dios no crea en el amor moderno, en la flexibilización de los vínculos, en la caída del matrimonio como institución fundamental para regular los lazos amorosos, es algo más que comprensible.
Pero, ¿el hombre? ¿No es quien mayores ventajas encuentra en la falta de compromiso y la dispersión afectiva, sin tener que ofrecer garantías ni condicionarse a un rol determinado, como el de proveedor?
La letra de Bowie fue una anticipación para el desencanto que hoy se constata. Esto es lo que hacen los genios: anticipan lo que va a pasar. La idea de vínculos basados en acuerdos lleva al único acuerdo posible –según Lacan: el masoquismo.
Es conocida esa vieja sentencia lacaniana: “Se empieza con las cosquillas y se termina en la parrilla”, es decir, se empieza con los chistes y se termina a los bifes. La narrativa que más insiste en esta época es la que parte de un idilio que culmina con el descubrimiento de que el otro era un psicópata.
En la canción de Bowie hay un momento en que dice “Llévame a la iglesia a tiempo”. Es una referencia indirecta a la pieza “Get Me to the Church on Time” del musical My Fair Lady (1956) en la que un personaje recibió una herencia y siente que debe casarse,
Este personaje y sus amigos se divierten una última vez antes de la boda, en una especie de despedida de soltero, pero la canción es una súplica a sus amigos para que no dejen que la euforia de la borrachera les haga olvidar sus buenas intenciones y se aseguren de que llegue a la boda.
En este punto, Bowie no es nostálgico, no dice que el pasado fue mejor, porque también tenía su hipocresía. Está en el medio de un mundo que ya no existe (de estructuras rígidas) y un mundo volátil (líquido, se diría hoy) que tampoco lo convence.
La cuestión, entonces, es ¿en qué creer? Aquí podría ser útil recordar una idea Lacan, de uno de sus últimos seminarios, cuando afirmó que el análisis del hombre estaría bien si lo llevara a creer en una mujer.
Durante mucho tiempo esta frase me pareció prejuiciosa, pero hoy creo que la puedo entender de otra manera. Por un lado, Lacan no dice que se crea en “La” mujer o, acaso en lo femenino. Su idea es la de creer en una mujer, como se cree en un síntoma.
¿Cómo se cree en un síntoma? A partir de apostar al efecto que produce. Se sufre, esto nadie lo duda, pero ese sufrimiento está orientado, primero, por una suposición de saber y, luego, por el descubrimiento de su verdad.
Por otro lado, que diga que se cree en una mujer es una manera de plantear que no se cree en la madre. Para un hombre, creer en la madre es lo más fácil. Es creer en esa mujer que actúa la amenaza de castración. Es constatable que hay hombres para los que el enojo de una mujer que los pone en penitencia es una fuente erótica.
Una mujer es, para Lacan, aquella que puede actuar la castración sin ninguna amenaza. No para castigar, sino para funcionar como causa de un deseo. Andrés Calamaro lo ilustró de la mejor manera al cantar: “Lo dijo la chica que te dijo que no: ¡No se puede vivir del amor!”.
Que una mujer puede ser el relevo de su síntoma, para un hombre, podría ser un tipo de salida para el drama que plantea Dawid Bowie: ni la institución ni el desencanto, pero sí un tipo de lazo en el que ella sea capaz de ponerlo a trabajar respecto de su conflicto todavía no revelado, para no ser un rebelde en vano.



