En medio de la prisa cotidiana y la expectativa de encuentros, rara vez apreciamos la maravilla de estar en buena forma física, hasta que la enfermedad nos recuerda su valor.

El día a día nos consume con deseos pendientes, citas esperadas o temidas y la impaciencia que acompaña al viernes, preludio del descanso del fin de semana. Entre obligaciones y preocupaciones, pasamos por alto la singular dicha de despertar con un organismo en equilibrio.

Solo cuando la salud se ve amenazada, ya sea por un dolor inesperado, exámenes médicos prolongados o una angustia profunda, comprendemos la magnitud de ese bienestar. Como expresó Walt Whitman, la alegría de sentir el propio aliento, el latido del corazón y la sangre circulando bajo la luz de la luna se vuelve una celebración de la vida corporal.