
Milena Busquets vuelve sobre la elegancia para despojarla de su vínculo con el dinero, la distinción y el privilegio: en Mujeres elegantes, la convierte en una forma de mirar, disfrutar y aprender a vivir que no depende de haber nacido en la cima, sino de la experiencia y de la capacidad de apreciar lo cotidiano.
Hace años que me pregunto si es posible rehabilitar la elegancia como virtud; si es posible, si es necesario, si vale la pena intentar repensar la elegancia como otros intentan repensar los bodegones, los vinilos o el jazz; si hay algo que valga la pena ahí o si es sencillamente una antigüedad que hay que aprender a olvidar. Supongo que hay gente que piensa que la elegancia está bien como está y no necesita ningún trabajo. Desde mi punto de vista, que probablemente es muy específico, eso es un error. A la mayoría de la gente joven hoy no le interesa la elegancia, y creo que tienen razón. Pienso en eso que se dice de los traperos o de los influencers, gente que se cuelga todo encima, a la que no le interesa la performance elegante de la sencillez. A mí tampoco me gusta la ostentación, pero la idea de que no hay que mostrar lo que se tiene para ser como “los ricos de antes” en el fondo es más fea todavía que la ostentación. A lo que voy es que casi todo lo que se entiende como “elegante”, incluso lo que apunta a la discreción o la simpleza, parece tener algo que ver con esconder el esfuerzo que cuestan las cosas, y finalmente, con la idea de haber “nacido” así: nacido rico, bello, talentoso. La elegancia parece vinculada a lo naturalmente noble, al que no ascendió porque nació arriba. A lo que no parece caro, pero es caro. Lo que quiero decir, entonces, es: ¿se puede pensar en la elegancia sin el refinamiento, sin la distinción, sin la idea de haber nacido mejor que los demás? ¿Se puede separar la elegancia de cierta pulsión elitista? Y si no se puede, ¿para qué seguir hablando de eso?
Compré Mujeres elegantes, el último libro de Milena Busquets, porque supuse que quizás hablaba de algo de esto. Lo empecé y lo seguí porque aunque finalmente no es un tratado sobre la elegancia, es un libro ágil y divertido que puedo leer cuando ando con mi hija, en la plaza, en un café o en la oficina donde trabajo, mientras ella busca gateando cosas que le tiro como una mascota entrenando para nada. Ya a punto de terminarlo, sin embargo, me di cuenta de que sí: es una compilación de textos breves que ella había publicado en un blog, piezas sobre amor y trabajo y demás trascendencias de la vida cotidiana, pero también es un tratado sobre la elegancia, o lo más cerca que se puede hacer de algo así.
No creo que Milena Busquets se haga necesariamente esa misma pregunta que yo me hago sobre la elegancia y el elitismo, aunque sí se pregunta explícitamente en el libro sobre la relación entre la elegancia y el dinero, para responder que una cosa no tiene nada que ver con la otra; me gusta, también, que sí dice que la elegancia tiene algo que ver con lo aprendido, con la edad. Los bebés pueden ser monísimos, dice, pero jamás son elegantes. Me gustó esa intuición, contraria a la mía de que la elegancia tenía que ver con nacer de una manera: claramente tiene razón ella, y la elegancia se parece más a la sabiduría que a la belleza, más a algo que se adquiere con el tiempo que a algo que se gasta con los años. El libro, entonces, no tiene ninguna pretensión de hacer a la elegancia compatible con la justicia social o ninguna de esas estupideces que se me podrían haber ocurrido a mí. Lo que sí logra, sin pretenderlo, es repensar esta virtud de la elegancia como algo que se relaciona con aprender a vivir. No a disimular el esfuerzo, no a impostar ninguna formalidad: a divertirse, a apreciar las cosas bellas, sean el perfume de una naranja, un par de zapatos o una conversación con una amiga; a mirar lo bueno y lo malo de la vida sin perderse de nada. Cuando digo mirar, hablo de mirar: ni analizar, ni moralizar, ni explicar. Pienso que en eso también acierta Busquets: la elegancia no es una virtud profunda, sino deliciosamente superficial, en el mejor de los sentidos, no en el de la banalidad, sino el de lo que puede saborearse sin tener que hacer demasiado esfuerzo.
Por esta colección de textos cortos es el único tratado posible sobre el intento de ser un mujer elegante, de la única forma que podría tener: captura esa belleza que tiene el caminar de una mujer segura, esa que podemos disfrutar en una ráfaga en la calle sin conocerse demasiado, sobre la que no podríamos escribir una novela pero que nos puede alegrar un día. En ese sentido creo que sí, la juventud haría bien en interesarse al menos un poco por la elegancia, tal como la pinta Busquets: no como una forma de diferenciarse, sino quizás como lo contrario. La elegancia termina siendo, en este libro sobre relaciones, caminatas, días entregados al trabajo y días entregados a la vagancia, una virtud bastante democrática, accesible a cualquiera que sea capaz de sustraerse a la idiotez cotidiana de la exhibición y el cálculo.
TT/MG



