En la transición al siglo XXI, la lógica del capitalismo ha transformado la usura en una práctica aceptada, camuflándola bajo el término neutral de “rendimiento”.

La creciente influencia de la teoría económica ha logrado cerrar la distancia entre lo que antes se consideraba ilegal y la extracción excesiva de recursos, presentándola como una actividad legítima dentro del marco institucional.

Este proceso ha normalizado la práctica históricamente condenada como usura, integrándola al discurso económico contemporáneo sin que se cuestione su carácter predatorio.