El desprecio

La pérdida de reconocimiento simbólico de profesiones e instituciones genera desprecio, falta de respeto y una sensación de degradación que no se explica únicamente por los ingresos, y que hoy también se profundiza frente al avance de la inteligencia artificial y la transformación del valor atribuido al trabajo humano.

La semana pasada conversaba con un amigo abogado que me contaba que siente que la suya fue la última generación que “pateó” Tribunales. Básicamente, porque ahora todos los expedientes son digitales. Este es un motivo por el cual cada vez son menos los estudios que contratan estudiantes o abogados jóvenes para que se ocupen del tedio de las notificaciones y los traslados.

Incluso a este mismo amigo le pasa que algunas tareas que podría pedirle a un recién egresado, las realiza con la Inteligencia Artificial. Esta última se convirtió en un asistente de mucha calidad, al que no hay que capacitar y que, por cierto, tiene mucho menor costo. Así es que hoy hay estudios de una sola persona, sin colegas ni administrativos.

Este amigo me decía que de esta manera se había convertido en su propio jefe. Y como ocurre cuando escucho esta expresión, pensé que solo aplica cuando recibe el propio mensaje invertido: uno es su propio esclavo; es decir, se esclaviza a sí mismo al obedecer al más duro de los amos, el superyó.

La liberación de la que habla mi amigo, seguramente termine con su profesión. De aquí a unos años, quizá muchos procedimientos judiciales se resuelvan con formularios en Internet con validez jurídica sin tener que contratar el servicio de un abogado. También hay abogados que han citado fallos inexistentes, por una alucinación de la IA, como hay otros que le piden que les redacte una apelación.

A esta cuestión se refiere François Dubet cuando habla de las caídas simbólicas: “En nuestro presente, algunas instituciones y algunas profesiones se sienten despreciadas porque se están derrumbando los sistemas simbólicos que les otorgaban una dignidad independiente de los ingresos”. Antes mencioné a los abogados, pero podríamos haber pensado en lo que ocurre con los docentes y, por qué no, con los psicólogos.

Para el sociólogo francés, las caídas simbólicas llevan a un desprestigio cuyo efecto es la falta de respeto. Hoy escuchamos a los docentes pelear por su salario mientras enfatizan la pérdida de reconocimiento del valor de su tarea. Algo parecido ocurre con los psicólogos, que hablan de pacientes que no pagan o dejan el tratamiento sin aviso.

El título del libro de Dubet es contundente: El desprecio. El subtítulo, un poco más: ese poderoso combustible de las derechas. Ahora bien, cabría preguntar: ¿es que las derechas han logrado captar a los despreciados, o estos ya no se encuentran representados por la propuesta de izquierda? El libro se dedica a responder esta pregunta con el propósito de canalizar el desprecio hacia una condición virtuosa, la lucha por una igualdad concreta.

El problema es que la izquierda misma es despreciada y, por lo tanto, desprecia. De ahí que se haya aferrado a una condición de elite cultural desde la que juzga el mundo (más que transformarlo), al punto de que la vertiente progresista adquirió una nueva vara moral. “Basta con ver cuántos líderes de izquierda son acusados de despreciar a los electores de extrema derecha, que habrían sido ‘idiotizados’ por los medios y serían ‘lamentables’ o directamente ‘unas basuras’”, destaca Dubet.

Hace poco en una reunión una persona le decía a otra “desde que sos anti-progresista”, a partir de un comentario crítico y a mí me sorprendió un poco el planteo, porque no concibo un progresismo que no sea crítico del progresismo. La trampa actual parece estar más bien en un purismo desenfadado, por el que se establecen ideas absolutas antes que valores (como la pluralidad y consenso).

No quiero perderme en anécdotas ni entrar en disquisiciones sofísticas (por no decir sofisticadas). Me refiero a algo bien simple. Para mí una posición progresista no afirma una norma como definitiva y homogénea. Si necesitamos una norma, es para atender las diversas excepciones y situar ampliaciones que contemplen nuevas formas de vida. Entonces, se trata de buscar una normatividad generosa, que discuta la adaptación y la disciplina como castigo.

El libro de Dubet es muy interesante para ubicar cómo el desprecio trascendió el ámbito de las clases sociales y se volvió transversal. Todos somos despreciados y despreciadores; tal vez despreciamos para no ser despreciados, porque sentimos que nos desprecian. Entonces, se trata de buscar una reivindicación en despreciar con más fuerza. Este ensayo va de la mano con otro libro del mismo autor: La época de las pasiones tristes.

Vergüenza, resentimiento, etc., son pasiones que cobran cada vez más relevancia en un contexto de destitución de la subjetividad, en el que la pertenencia a una comunidad quedó reemplazada por el desarraigo y la vulnerabilidad de ser, en cualquier momento, el chivo expiatorio para el odio ajeno.

En lo personal, creo que los vínculos humanos deben ser lo más hospitalarios posibles –de un modo real, no meramente discursivo (enfático o declamatorio)– ya que el combate hoy está en cómo la IA y las tecnologías tienden a hacer del ser humano un desecho. Esta línea parece de una trivialidad enorme, pero quiero escribirla igual.

Mi frase es trivial, pero tengo tanto la impresión de que nuestra agenda se compromete mejor con discursos que con modos efectivos de vincularnos; así puedo entender por qué cada vez más gente se inclina hacia lo conservador (familia, religión, etc.) no necesariamente reaccionario, en busca de una comunidad real.

En concreto, la atención puesta en el mecanismo de desprecio –como reaseguro de un narcisismo herido– es un llamado del que no podemos pasar.

LL/MF