“El frasquito”, de Luis Gusmán, cumple 50 años

“La policía me pega por haber matado al mellizo, me pega con cinturones negros de hebillas anchas y plateadas. Quieren que les cuente la historia del mellizo muerto. Policías violadores con todo ese correaje sagrado, con ese olor a cuero, quieren que cante, que declare cómo maté al mellizo. Ahí está la madrecita mirandomé, mi padre, el paraguayo, todos rodeandomé, me torturan y me gritan asesino”. El frasquito, la primera novela del escritor y psicoanalista Luis Gusmán con ese acento desplazado donde lo grave se puede volver agudo, cumple cincuenta años. Como si hubiera desarrollado unos anticuerpos especiales contra el envejecimiento, este texto de vanguardia que rompía la legibilidad tradicional y se oponía a una literatura más realista sigue siendo joven y perturbador. En enero de 1973, Alberto Noé publicó una primera edición de mil ejemplares, con prólogo de Ricardo Piglia. Una nota de Osvaldo Soriano en La Opinión disparó las ventas y el libro se agotó en pocas semanas. Cuatro años después, el 24 de enero de 1977, el mismo día del cumpleaños del escritor, la dictadura cívico militar prohibía la novela por “inmoral”.

En abril, para la Feria del Libro, Edhasa publicará una edición homenaje de El frasquito por los cincuenta años con prólogo de Leonora Djament. Gusmán comenta que se podría considerar una primera versión de la novela el cuento que escribió, Los que nacieron muertos, que tenía una fuerte marca de Roberto Arlt. “El bibliotecario de Racing, Ochipinti, a los 18 me descubrió Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández. Y la cosa se iluminó. El otro libro fue Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas. Todavía su música repica en mi cabeza. La primera página de ese libro es inolvidable. Creo que de esa mezcolanza salió El frasquito”, cuenta el escritor, que cumple 79 años.

“Como dice el prólogo de Leonora Djament citando a Borges, quizás para que un libro vuelva a ser leído y se convierta en ‘clásico’ tienen que pasar 50 años”, subraya Gusmán y reconoce que El frasquito tiene de arltiano una fuente que proviene, mucho más que de El juguete rabioso o El jorobadito, de otro texto de Arlt: Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires. “El espiritismo tiene esa impronta. El lugar que para Arlt ocupaba Madame Blavatsky para mí lo ocupó Allan Kardec. El frasquito no está poseído por Las fuerzas extrañas de (Leopoldo) Lugones, lo agitan otras radiaciones. Lo que Arlt llama ‘El período de las alucinaciones’”, aclara el escritor y cita una frase de Las ciencias ocultas… que le gusta: “Hormigueaban todos los vientres glutinosos y obscenos, todas las bestiales expresiones”.

“El frasquito parece el libro central de una estética gombrociana para la cual la inmadurez lo es todo”, escribió Luis Chitarroni. Gusmán precisa que Gombrowicz en el prólogo a su novela La seducción condensa una posición estética enmascarada: “La persona, torturada por su máscara, se construye en secreto, para su uso privado, una especie de subcultura: un mundo hecho de desperdicios del mundo cultural superior, un dominio de la ratería, de los mitos informes, de las pasiones inconfesadas”. El escritor y psicoanalista afirma que su primera novela no envejece por esa juventud de la que hablaba Gombrowicz. “Su escritura está siempre viva; es electrizada, como diría Charlie Feiling. El agua electrizada aquí podría decir el semen electrizado -compara el escritor-. Durante cincuenta años El frasquito marchó enmascarado en distintas máscaras. La vanguardia puede ser una de ellas”.

Los libros de Gusmán están en la “lengua” de la literatura argentina: Brillos (1975), Cuerpo velado (1978), En el corazón de junio (1983), La música de Frankie (1993), Ni muerto has perdido tu nombre (2002), El peletero (2007), Los muertos no mienten (2009), La casa del Dios oculto (2012) y Hasta que te conocí (2015), entre otros títulos que incluyen también trabajos más autobiográficos como La rueda de Virgilio (1989) y Avellaneda profana (2022), y ensayos eclécticos como Epitafios. El derecho a la muerte escrita (2005), La valija de Frankenstein (2018) y Flechazo (2021).

La primera novela de Gusmán, desde la mirada de la infancia, atenta, según la dictadura,contra la familia, la iglesia y la sexualidad. “La hostia deja de ser sagrada y el semen se convierte en lágrimas blancas. La masturbación, el vicio solitario, atenta contra la procreación”, explica el escritor y advierte que su literatura está hecha de “coincidencias”. El frasquito fue prohibido el 24 de enero de 1977, el día del cumpleaños del autor. “Ese mismo día, en el mismo edicto, se prohibió al editor Alberto Alba y al poeta Raúl Santana por actuar en la considerada fotonovela porno erótica, llamada Killing. O sea, Alba fue prohibido dos veces, como actor y editor pornógrafo”, recuerda.

El escritor publicará este año los Cuentos elegidos (Edhasa), con selección de su editor y amigo, Fernando Fagnani, y prólogo de Martín Kohan, y la novela No puedo decirte adiós, también por Edhasa, título que está en la última página de El largo adiós, de Raymond Chandler, justo antes de Triste, solitario y final, que es la frase que le sigue y la que tomó Osvaldo Soriano para titular su novela. “Sería lindo un libro sobre la primera y la última página de las novelas o cuentos que nos gustan. Con Salvador Gargiulo siempre estamos planeando ese libro”, revela Gusmán y añade que si le dan a elegir el comienzo sería Santuario, de William Faulkner, mientras que para el final optaría por Wakefield, el cuento de Nathaniel Hawthorne.

Gusmán dice que El frasquito no es una defensa de la infancia, ni de la “edad de la inocencia”. El narrador puede ser la voz de un niño, pero también otras voces, como “la de un espíritu que dicta”. “El libro no está al servicio de reivindicar una infancia injusta. Casi tautológicamente es lo que es. Hasta podría decir que a veces parece un tango no solo temáticamente sino en su ritmo”, plantea el escritor que integró el comité de redacción de las revistas Literal, Sitio y Conjetural.

–¿Cómo era la relación entre la vanguardia literaria, en la que estaban Osvaldo Lamborghini y Germán García, con la vanguardia política? ¿Había diálogos posibles o más bien caminaban por paralelas que nunca se cruzaban?

–Literal se armó con cruces y entrecruces. Los textos estaban dirigidos a combatir, discutir, cierto realismo político en literatura, lo que Nabokov nombra como “el veneno del mensaje”. También cierta degradación del cortazarismo, donde predominaba un humor sin gracia. Creo que el humor en nuestra literatura proviene más del género de la historieta, basta citar a (Roberto) Fontanarrosa. La crítica a una especie de estilo lúdico donde se buscaba la complacencia inmediata del lector. Sí había discusiones en un estilo elíptico por ejemplo contra la censura, la política del bienestar social, y cierto estilo militante que censuraba moralmente cualquier desvío.

–Muchos escritores suelen modificar sus libros cada vez que los reeditan. ¿Alguna vez pensaste en “corregir” o cambiar algo de “El frasquito”?

–No. Vaya a saber por qué superstición estilística, pero no necesariamente formal. Las palabras son incorregibles. Como si el erotismo de ciertos verbos, por ejemplo “chupandomé”, fuera incorregible. El infraescritpto, como le gusta llamarlo a Chitarroni, es un libro incorregible.

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