El hombre sin manos que maneja máquinas pensantes

En noviembre pasado, un auto-robot Tesla enloqueció en la provincia china de Guangdong. Su único pasajero le habría ordenado estacionar, pero aceleró a 150 km/h matando un ciclista y un motorizado, hasta chocar una moto-triciclo y estamparse en un negocio. El video con la carrera de 2,6 km es inapelable. Pero la empresa de Elon Musk informó que el software del vehículo no registró que el chofer lastimado haya pisado el freno, trabado según sus familiares. En el video las luces de freno no se encienden, salvo una vez cuando el conductor aprieta el embrague: pareciera que el piloto automático no estaba en uso. Y estaría registrado que lo que sí pisó, fue el acelerador, un error común en accidentes en general y con autos robotizados en particular. El usuario del smart-car se desentiende de todo y va perdiendo la pericia.

En su libro En el enjambre Byung Chul Han conceptualiza al “hombre sin manos que teclea”, quien en un futuro robótico y digitalizado, no usará más las manos. El filósofo parte desde Martin Heidegger: la máquina de escribir requería solo el uso de las yemas y retiraba al hombre de la esfera esencial de las manos. Solo la escritura a mano se acercaba al dominio esencial de la palabra (la mano que “piensa”). Es la mano la que originalmente nos abre al mundo circundante. Una cosa se muestra primero como un ente que tenemos a mano. Pero tomar un martillo es lo que nos lo experimenta, mejor que al contemplarlo sobre una mesa. Es el martilleo lo que descubre la específica manejabilidad del martillo: así la cosa se revela como lo que es. Por eso el “ser en el mundo” consiste en “manejar” cosas con las manos, en un mundo que es una esfera de cosas. Pero hoy –dice Han– nuestro entorno perceptivo se desmaterializa: avanza la info-esfera compuesta por “no-cosas”, datos en pantallas que pierden su referencialidad con la realidad.

Según Han, “Heidegger se pone enfáticamente de parte del trabajo y la mano, como si hubiera intuido que el futuro ser humano no tendrá manos y, en lugar de trabajar, se inclinará por jugar”. Su hipótesis es que el filósofo alemán defendería el orden terreno frente al digital. Digitus significa “dedo”. Y con ellos, contamos y calculamos. Heidegger distinguía la mano de los dedos, que sirven para numerar y digitar. El orden digital actual, donde no manipulamos casi nada, no está condicionado por las cosas.

En su libro No cosas, dice Han: “ahora producimos y consumimos más información que cosas. Nos intoxicamos literalmente de comunicación. Las energías libidinales se apartan de las cosas y ocupan las no-cosas. La consecuencia es la infomanía (…) Nos volvemos fetichistas de la información y los datos”.

La Revolución Industrial expandió la esfera de las cosas y nos alejaba de la naturaleza y la artesanía, profundizando la pérdida del ser heideggeriana. Para Han, la digitalización acabaría con el paradigma de las cosas, supeditándolas a la información. El hardware -como el smart-car- es el soporte del software, la parte clave del vehículo: Tesla es una empresa de software que hace autos con update mensual. El auto sin chofer será interactivo y nos absorberá datos. Es lo que Han llama un “infómata”, una máquina que procesa información: nos ahorran trabajo y seducen hacia un ciberespacio de “libertad”, pero son eficientes informantes que vigilan y controlan. Allí aramos la terra-digitalis –Facebook, Google, Twitter– de idolatrados señores tecno-feudales.

El auto del futuro nos desplazará en una cápsula multimedia arrojándonos a lo hondo del plácido terreno digital, a un panóptico transparente para comprar en Amazon y postear actos de vida, sistematizados y disueltos en datos. La intimidad cedida al Big Data es un comodity más valioso que el petróleo.

El Phono-sapiens de Han ya no maneja tanto las cosas: se comunica e interactúa a través de infómatas que en sí mismos, devienen en actores animados. El coche que habla mutará en affective-robot –diseñados para brindar compañía– y será tu amigo. Al avanzar en auto inmersivo navegaremos en paralelo por el orbis-digitalis con lentes de realidad virtual: “el cuerpo va a casa, mi mente vuela en globo al Polo Norte”. No miraremos por la ventana-pantalla: un envolvente cine 3D extendido a techo y puertas ocultará el aburrido paisaje, viajándonos por mundos posfactuales.

El auto-robot no encallece las manos. Tampoco las libera totalmente del trabajo. Las fábricas aun necesitan trabajadores. Esas manos libres en la cabina operada por comandos de voz podrán hacer tres cosas, si es que no se atrofian: masturbar, tele-trabajar o jugar. Para Han “el ser humano del futuro, sin interés por las cosas, no será un trabajador (homo faber) sino un jugador (homo ludens). Porque la creciente “gamifizacion” del mundo y la profesionalización de los e-sports, invade a la comunicación tanto como al trabajo: la era de la humanidad lúdica está comenzando.

Con su habitual dosis apocalíptica, Han sentencia: “la dominación perfecta es aquella en la que todos los humanos solamente jueguen”. El hombre sin manos sobre ruedas digita el Smartphone. Cuyo uso es en sí una forma de jugar: “Es tentadora la idea de que el humano del futuro solo juegue y disfrute”. Y consuma. Porque la mano sería el órgano del trabajo y la actividad, mientras que el dedo, el de la elección: “Hoy la libertad de acción se reduce a libertad de elección y consumo. El hombre manualmente inactivo del futuro se entregará a la libertad de la yema de los dedos”. Al no tratar con cosas, no se podrá hablar de actividades: elegirá en la pantalla táctil, en lugar de actuar. Para Han, la libertad de usar la yema de los dedos es una ilusión: la supuesta libre elección “es en realidad una selección consumista”. Incluso votar se parece cada vez más a comprar. Sin actuar, no se accede a elecciones propias: solo las manos tienen libertad de acción.

En unas décadas, la descendencia ni siquiera notará que no usa las manos. Y no sabrá que no maneja su vehículo. Cuando se inventó el ascensor automático, los ascensoristas hicieron huelga. Hoy se ignora que existió aquel oficio y nadie recordará que los autos tenían chofer. La efectividad del ascensor es la misma. La del smart-car, no: todo indica que reducirán los accidentes.

Han es un heideggeriano nostálgico del mundo analógico. Reactualiza la idea de que nuestra existencia hace pie en tierra, un pie que representa la estabilidad del suelo que da sostén: “el hombre sin manos del futuro es también un hombre sin pies. Abandona flotando la tierra hacia la nube digital”.

En países calurosos, cataríes y dubaitíes casi nunca caminan. No pisan ni la vereda: van en autos lujosísimos que se manejarán solos, de la casa al mall. Ya no tocarán un volante al cruzar el desierto de sus abuelos caminantes.

Han cree que “la inteligencia de las maquinas entraña, ante todo, el peligro de que el pensamiento humano se asemeje a ella y se torne, él mismo, maquinal”. Profetiza una era trans y pos humana: la vida como puro intercambio de información. El mundo controlado por algoritmos irá horadando la capacidad de obrar por nosotros mismos y la autonomía. Mientras jugamos, se la iremos transfiriendo a compañías big tech a través de máquinas infómatas como el smart-car, al cual no sabremos frenar. Y que acaso nos termine llevando adonde otros quieran.

Artículo original de www.pagina12.com.ar

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