La organización de un torneo repartido entre tres países implica millones de kilómetros de vuelos para equipos, delegaciones, patrocinadores y aficionados. Distintas organizaciones ambientales no se cansan de remarcar que la expansión permanente de los megaeventos deportivos aumenta significativamente su huella de carbono, en un contexto donde la comunidad científica reclama reducciones drásticas de emisiones para evitar escenarios climáticos cada vez más extremos. Es un hecho: los grandes espectáculos globales alteran los límites físicos de un planeta que se recalienta. No será gratuito para el ecosistema el fixture mundialista: 48 selecciones, 104 partidos y millones de espectadores movilizándose entre estadios separados por miles de kilómetros.



