El pantano materno

Mientras la narrativa masculina suele explorar el conflicto con la figura paterna, la escritura de mujeres puede revelar una relación madre-hija marcada por la simbiosis, la dependencia y la imposibilidad de construir una identidad propia.

La literatura de varones suele estar habitada por el fantasma del padre. Ya sea bajo la forma del padre terrible –ese que bordea la perversión– o bajo la égida del padre ideal –que no por ejemplar deja de ser siniestro–, la narrativa masculina insiste en resolver esa cuenta pendiente con la ley y la herencia.

Sin embargo, cuando nos adentramos en la escritura de mujeres, la hipótesis vira hacia un territorio mucho más espeso. Ellas saben que, a veces, el padre más peligroso no es el más lejano, sino aquel que es un modelo familiar. ¿Qué ocurre cuando la literatura prescinde de esa orientación paterna y se sumerge de lleno en la noche de la relación madre-hija?

La débil mental, de Ariana Harwicz, no es una novela que se lea con la distancia higiénica de la narración clásica. Su prosa es un dínamo, un motor que se retroalimenta de excitación y descarga, en la que el monólogo interior se confunde con el pensamiento alucinatorio. Para el lector ingenuo que busca recrearse, este libro produce un efecto perturbador: se lee rápido por su brevedad, pero se procesa lento por la densidad de impresiones que inocula.

La genialidad de la novela radica en que la noción de “debilidad mental” no remite a una incapacidad cognitiva o a un retraso orgánico, sino a una posición subjetiva respecto de la madre. La debilidad mental es esa neblina, esa falta de discernimiento que habita en sujetos aparentemente funcionales, pero que, en el plano de sus decisiones afectivas, carecen de brújula. Es la condición de quien no puede orientarse porque su pensamiento sigue pegoteado al de la otra.

El psicoanálisis ha teorizado largamente sobre la masturbación del varón como una vía de separación. En el niño, el descubrimiento del placer autoerótico implica una renuncia a la madre; para poder “tener” el falo, debe dejar de “serlo” para ella. Cada vez que un varón se angustia o necesita tomar distancia del mundo –por ejemplo, de un examen o de un vínculo–, se repliega en la masturbación como mecanismo de contabilidad fálica y separación urgente.

En la mujer, en cambio, la economía del goce no sigue esa equivalencia. Lo que Harwicz muestra con crudeza es que en la hija la masturbación no inaugura una distancia, sino que profundiza la indiferenciación. Cuanto más se masturba la protagonista, más adentro del pantano materno se encuentra. La masturbación aquí es una práctica compenetrada con la mirada de una madre seductora, que aplaude el goce de la hija y le grita: “Bravo, nena, ya sos una flor de hembra, sos un pedazo de mujer”. La madre no prohíbe el goce; lo promueve para fagocitarlo.

Esto explica por qué la primera parte de la novela nos confunde respecto a la edad de la protagonista. Por momentos parece una niña lactante; por otros, una mujer madura. Al romper la linealidad temporal, Harwicz advierte algo fundamental: allí donde no opera la separación, el tiempo cronológico se suspende.

No importa que promediando el relato nos enteremos de que la hija tiene treinta años. Subjetivamente sigue infantilizada, atrapada en una dimensión puramente corpórea de cargas y descargas, ajena a cualquier traducción psíquica de la sexualidad.

En la segunda parte, la novela introduce la dimensión del trabajo y el dinero, pero no como vías de emancipación, sino como escenarios donde el orden social fracasa. La hija intenta trabajar, pero es expulsada. Lo social es repelido por este lazo simbiótico que funciona como un microclima totalitario.

Es en este tramo que la protagonista intenta una salida desesperada a través del amor de un hombre. Un hombre casado, cuya esposa está embarazada. Aquí el texto alcanza su punto clínico más alto al interrogar la paradoja de la pasión femenina. La madre le advierte a la hija que lo real de la pasión es su imposibilidad: “Sufriendo volvemos posible lo imposible, la pasión misma”.

En esta estructura, el desamor, el desengaño y el tormento amoroso no son contingencias, sino la única vía que encuentra la hija para intentar forzar la separación que con la madre no pudo tener. La hija se enamora del hombre imposible para experimentar el sufrimiento de la pérdida, porque el dolor del desamor es lo único que le permite recordarse que tiene un cuerpo propio, recortado del cuerpo materno.

El sufrimiento amoroso es el reverso de la masturbación: si esta última la unía a la madre, el dolor por el hombre intenta –aunque fallidamente– fundar una frontera. Por eso, el violento desenlace de la novela no debe leerse como una simple venganza contra el hombre que las rechaza. Sería una lectura sociológica reduccionista.

Cuando la madre y la hija se confabulan para asesinar a hachazos al amante, lo que se escenifica es la fagocitación definitiva. Ante la amenaza de que el hombre represente un afuera, la simbiosis materna lo engulle. No es un sacrificio ritual; es un acto de devoración centrípeta. El banquete posterior, en el que chupan los huesos de un pollo, funciona como una parodia de banquete totémico malogrado.

No hay inscripción de ninguna ley tras el crimen; solo queda el retorno al pantano indistinto, el agujero negro que todo lo chupa infinitamente. El hachazo final no mata al hombre; mata la posibilidad misma de la alteridad, condenando a la débil mental a quedar unida, de manera monstruosa y definitiva, a la pulsión de esa madre que, en la última línea del texto, y todo, “todavía quiere más”.

LL/MF