Este martes, la tierra paraguaya amaneció pellizcándose la piel. Su pueblo, todavía incrédulo y extasiado, llora un lamento entre tanta alegría: lo apena que este junio se acabe. No lo olvidará jamás. Vio a su seleccionado, ese que guía con inteligencia y cariño el argentino Gustavo Alfaro, eliminar de la Copa del Mundo a Alemania, eterna potencia cuando se habla de la máxima cita del fútbol. Vio a su arquero Orlando Gill taparle un penal a atacantes de la talla de Kai Havertz, finalista de la Champions con el Arsenal, y Nick Woltemade, adquirido recientemente por el Newcastle en 85 millones de dólares. Vio agigantarse a su central José María Canale, a quien la localidad de Itauguá parió hace 29 años con el designio de ser el responsable de patear el penal más importante de la historia paraguaya en su primer partido como titular con la Albirroja. Es difícil analizar una gesta futbolera como esta, que conmueve a toda Sudamérica y toca más las fibras que la razón. Aquí se hará ese intento, mientras los hermanos paraguayos despiden este inolvidable junio, porque su Selección emociona pero también ha sembrado sus razones para celebrar.