Había un solo elemento que rompía esa pared invisible entre mujeres y varones. Eran las figuritas. Las coleccionaban los unos y las otras. La moda entre las nenas en los tempranos 70 eran las figuritas con brillantina. Cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja tenían álbumes para completar con calcos que reproducían la figura del personaje en determinada situación. La brillantina rompió el modelo clásico de las figuritas destinadas a las más pequeñas. Entre los varones, las figuritas reproducían las caras de jugadores de fútbol, aunque también las había de pilotos de Turismo Carretera. En ese caso, el molde clásico lo rompieron las chapifiguritas, con los rostros de los ídolos impresos en chapa en lugar de papel. Y aquella pared invisible se derrumbaba por el mercado de intercambio que imponían las figuritas. Las nenas querían completar el álbum y no dudaban en proponerles a los varones que le consiguieran un calco que les faltaba a cambio de la figurita de un arquero, un delantero, un defensor que habían obtenido de algún hermanito, primo o quien fuera. El mismo modus operandi tenían los varones.