El subte

Apoyo la mano sobre el pecho y siento que los latidos me golpean desde adentro para escapar. No corre el aire en este subte y todo alrededor se mueve demasiado rápido. Calmate, me digo. Necesito sobrevivir al primer día del trabajo nuevo, pero esto ya empezó mal.

Inhalo profundo para ver si logro cambiar el aire y cierro los ojos. Los abro y la mujer de trenzas que tengo enfrente sonríe y me incomoda. Desvío la mirada. A mi izquierda, entre la muchedumbre me detengo en una chica que lee un libro y tiene el celular colgando del cuello con una correa. A su lado, un hombre espía lo que lee por encima de su hombro.

Hago un paneo para la derecha. A un metro una mujer carga un bebé, un bolso gigante y pide el asiento, enojada. Se levanta toda la fila y a una chica con el pelo azul se le caen las llaves y una billetera floreada. Se las alcanza un hombre canoso que está sentado frente a ella.

En este trabajo, los nervios no se perdonan: te distraés y perdés. No logro parar los latidos. No voy a cambiarme nuevamente de vagón. Siento la transpiración en la nuca y las gotas frías resbalando por la espalda.

El pitido agudo anuncia la próxima estación y me saca del trance. Me levanto eyectada del asiento. Las otras personas que están ahí enlatadas conmigo empiezan un bailecito para ir acomodándose cerca de las puertas. De a poco logran esquivarse unas a otras, con movimientos de cintura que parecen ensayados.

Al pararme de golpe, tiro todo lo que tenía sobre las rodillas. Nadie me ve. Levanto la bufanda, la SUBE, los celulares y apuro el trámite. En pocos segundos acuno todo entre mis manos y mi cintura para que apenas se abran las puertas, logre salir del vagón con un trotecito.

La estación está casí vacía, me quedo en el andén hasta sentirme mejor. Es solo un laburo, me repito, por poco tiempo, ya voy a encontrar otra cosa.

La mujer de trenzas se me sienta al lado. Parece de unos sesenta años, Me habla y no alcanzo a comprender lo que dice. Por el estómago me suben de imprevisto unas ganas de llorar que no sé de dónde vienen y que el corazón, como un patova, frena con un bombeo violento.

Un policía que estaba en la otra punta del andén, se acerca y me pregunta si estoy bien y si la mujer me está molestando. Le digo que no.

La mujer me sonríe con una mueca de costado y lo sigue con la mirada mientras se aleja. Abre la bolsa de tela que tiene entre sus manos y me muestra pañuelos, bolsas de residuos y otras cosas chiquitas. Me da unos pañuelos descartables que vende a dos por uno y en un acto reflejo que incomoda a ambas, le toco el hombro con una palmadita. Es la primera vez que la mujer baja la mirada. Le pido disculpas y subo corriendo las escaleras, entre la gente que acaba de bajar de un nuevo subte.

Otra vez el corazón acelerado y la respiración agitada. Calmate, me digo, es solo un trabajo. Inhalo y un frío helado entra en mis pulmones. Toso. Saco el tabaco de la mochila y armo un cigarrillo; me tiemblan los dedos. Lo enrollo y lo prendo. Doy una pitada y toso de nuevo. Alrededor las personas pasan tan rápido que solo las veo como luces borrosas.

Camino hacia la esquina y cuando el semáforo corta el tránsito, cruzo en dirección a la plaza y avanzo por el medio del pasto hasta sentarme en el primer banco que encuentro.. Un hombre de traje, sentado ahí desde antes, mira el celular y el reloj dorado, el celular y el reloj dorado, el celular y el reloj dorado. De golpe sus ojos suspenden el ping pong y me mira, resopla y se levanta apurado. ¿Él también tendrá un trabajo indigno? ¿También se sentirá miserable yendo a trabajar?

Vuelvo al subte. La vieja de las trenzas sigue ahí sentada. Estar cerca de ella me da tranquilidad y parece notarlo. Apoya una mano sobre mi rodilla y me da unas suaves palmaditas.. La espío de reojo mientras me miro los pies. Las zapatillas tienen la punta bien blanca por el Cif que les pasé anoche. Tengo los cordones desatados. Ella también lo ve.

No sé cuánto tiempo hace que estamos así, calladas. Unos minutos, quizás.

La que rompe el silencio es Norma que nos ve y se acerca a las puteadas limpias. Ya la veíamos rumiar desde lejos mientras venía envalentonada hacia nosotras. Nos reta y nos dice que así no funciona, que si seguimos tomándonos tanto tiempo no servimos para este trabajo y tenemos que pensarnos otro. Nos apura para que le muestre mi mochila y la bolsa de la mujer de trenzas y nos reprocha lo pobre del botín: apenas dos celulares, una billetera pelada, un reloj dorado y un bolsito con llaves y caramelos. Que así no, nos dice. Que estamos distraídas, que ya ese cana nos fichó y ahora tenemos que cambiar de estación, por pelotudas.