Voy llegando a Constitución a la noche y veo a un pibito, un adolescente, que se arrastra con su bicicleta en la misma dirección que yo. No va solo: carga un ventilador de pie que debe haber encontrado por ahí o le regalaron. Lo lleva con una maestría –y/o temeridad- llamativa. El caño del ventilador está apoyado sobre su hombro derecho; con un brazo lo sostiene y con el otro controla el manubrio de la bici. Se lo nota cansado, pero contento. Un par de chabones, medio borrachines, lo saludan en la esquina de Garay y Salta. “¡Dale que ya llegás!”, lo alientan.