
AMMAR y ARDA realizaron una jornada de reducción de daños en Plaza Garay, donde repartieron 33 kits y relevaron las condiciones de personas en situación de calle. La mayoría llegó después de perder el trabajo, ser desalojada o quedar sin redes de contención.
Archivo–Karina Niebla – Uso de drogas y drama urbano: cómo Frankfurt salva vidas desde salas de consumo
Un grupo de personas sumidas en la indigencia esperaba, con algo de incredulidad, un almuerzo y un kit de elementos más seguros para consumir crack, cocaína fumable. Estaban en la Plaza Garay, en Constitución. Habían llegado antes que los organizadores y aprovecharon para acomodar las sillas y colocar la olla con guiso sobre una mesa. Luego hubo una charla sobre cuidados y, mientras recibían el kit, mostraron sus heridas. La mayoría tenía las manos y los dedos cortados e infectados, y el labio inferior caído, lleno de llagas.
“Nos preocupa que hace dos años se profundizó y extendió la situación de consumo problemático, con la cocaína fumable como la droga más extendida y dañina, entre trabajadoras sexuales, personas que quedaron sin hogar y trabajadores de la informalidad”, cuenta a elDiarioAR Georgina Orellano, secretaria de AMMAR, el sindicato de trabajadoras sexuales.
El encuentro se realiza en Plaza Garay, Constitución.
Junto a ARDA, la Asociación de Reducción de Daños, el sindicato organizó el encuentro el miércoles 23 de septiembre: una olla popular, una charla informativa y la entrega de elementos para reducir los daños asociados al consumo de cocaína fumable. Según ARDA, asistieron unas 65 personas, se repartieron más de 50 viandas, se hicieron encuestas anónimas y se entregaron 33 kits.
Uno de los jóvenes que recibió el kit llevó la cuchara completamente oxidada con la que quema virulana y fuma cocaína a diario. Perdió el trabajo y atravesó dos desalojos en el último año. Empezó a consumir hace poco, según cuentan, como último recurso en la calle, ante los operativos que lo empujan a los márgenes y le secuestran la mercadería que sale a vender.
“Los dispositivos de contención fracasan y desaparecen. Quisiéramos que nuestras compañeras y compañeros tengan casa, obra social y jubilación, pero ese horizonte está cada vez más lejos. La realidad es que cada vez más personas consumen por la crisis y no queremos más muertes de tuberculosis ni de ninguna otra enfermedad infecciosa”, dice Orellano. “Para eso hace falta una política de reducción de daños que reconozca que es un consumo que crece cada vez más”.
Del punto de escucha al piloto
La propuesta surgió tras una experiencia fallida de un punto de escucha que funcionaba en Casa Roja –la sede de AMMAR–, donde un trabajadora social y una psicóloga, en articulación con Sedronar, atendían dos veces por semanas. Con el tiempo, las personas que asistían advirtieron que las dos profesionales no ofrecían garantías ante un problema de pobreza estructural. Eran personas sin red de contención, en un barrio donde los vecinos las denuncian y los paradores no las aceptan por su adicción.
El kit incluía dos tipos de pipa: una de martillo, que no obliga a manipular virulana, y otra de tubo, para quienes la introducen.
Entonces se pusieron en contacto con ARDA. “La intervención buscó llegar a personas que ya utilizaban cocaína fumable para generar una conversación, acercarlas al sistema de salud, promover prácticas menos nocivas y evaluar si determinados insumos pueden prevenir problemas asociados al consumo”, cuenta a elDiarioAR Patricio Liddle, titular de ARDA. La Asociación consiguió, a través de una donación de Smokeworks –una organización estadounidense de reducción de daños–, una cantidad importante de pipas para el piloto.
Pipas individuales, ranchadas que se mueven
El kit incluía dos tipos de pipa: una de martillo, que no obliga a manipular virulana, y otra de tubo, para quienes la introducen. Sumaba un palito para empujar la virulana sin usar el dedo y una boquilla para cada persona, de modo que nadie comparta el contacto directo con la pipa. Las pipas son de calidad y duran hasta ocho “pipazos”. La virulana que entregaron no es tan tóxica.
“Hicimos mucho hincapié en que la pipa tiene que ser individual”, dice Orellano. Antes de recibirla, cada uno tenía que escuchar una charla de diez minutos y responder una encuesta.
Hubo una charla sobre cuidados y una olla popular.
Llegar hasta ellos exigió buscarlos. Unos días antes, cuenta Orellano, recorrieron la zona para ubicar las ranchadas. Conocen el territorio y a las personas, pero las ranchadas no se quedan quietas porque la policía las desplaza. Ya no están bajo la autopista. Tampoco en la plaza, que a partir de las 20 se cierra y tiene control policial. Se fueron metiendo hacia adentro del barrio, en lugares más escondidos. “Este año, incluso, pusieron rejas en la Plaza Garay”, dice. Cuando las encontraron, les adelantaron que iban a entregar pipas menos dañinas y se entusiasmaron.
Cuándo empezaron a consumir
La encuesta que realizaron en el encuentro buscaba saber cuándo había empezado cada uno a consumir. Entre los varones, el grupo mayoritario, casi todos lo vinculaban con haberse quedado sin trabajo en el último tiempo. Después no pudieron pagar más la habitación de un hotel y terminaron en la calle. Algunos intentaron inventarse un ingreso, como vender paltas, encendedores o pañuelitos descartables, y contaron que la policía les secuestra la mercadería. “Lo que aparece es la sensación de no tener ninguna posibilidad de construir un horizonte”, dice Orellano.
Otras organizaciones también leen ese aumento como un efecto de la crisis. En junio de 2026, el secretario general de la UTEP, Alejandro Gramajo, dijo que “en nuestros barrios lo único que crece es el narcotráfico y las adicciones”, y lo vinculó con la caída de los salarios, el endeudamiento de las familias y el deterioro de la seguridad alimentaria de niños y adolescentes. Su informe al papa León XIV cita un estudio de 2026 de la Fundación para el Desarrollo Humano Integral: el 54% de las personas en situación de calle relevadas tiene un consumo problemático y, dentro de ese grupo, el 45,3% dice que se agravó después de llegar a la calle.
Entre los varones, el grupo mayoritario, casi todos vinculaban el comienzo de su consumo por haber quedado sin trabajo en el último tiempo.
También cambió lo que se fuma. El informe describe “una forma económica y altamente tóxica de cocaína fumada” y recoge voces de barrios populares: “ahora están todos con el tema de la pipa, consumidos, parecen zombis”. En Río Negro, por ejemplo, el observatorio provincial contó 3.416 atenciones entre enero y junio de 2026, y la cocaína fue la principal sustancia de consulta, con 1.183 registros. En Entre Ríos, alertaron en mayo por el avance del crack en barrios populares en medio de los retrasos en los fondos del Sedronar.
Los estudios nacionales ubican el inicio del consumo en los 13 o 14 años, pero las Casas de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC) ven casos de niñas y niños de apenas 8 y 9 años, según el mismo informe. Y la red que podría contenerlos se desarma: según la UTEP, en septiembre de 2025 ya se habían cerrado más de 30 CAAC. “Lo que más se consume es el crack, que se fuma en bombillas, antenas de acero o latitas de gaseosa; es mucho más barato que cualquier otra droga, cuesta entre $8.000 y $10.000”, detalla Orellano. “A eso se le suma el Fernandito, el fernet de baja calidad, que deteriora la salud en poquísimo tiempo”.
Primera vez que se entregan pipas
“Antes ARDA había distribuido jeringas para reducir la transmisión de Sida, pero es la primera vez que entregamos pipas”, aclara Liddle. La organización, que tiene 30 años de experiencia, lo hizo a fines de los 90 en Rosario, entre personas que se inyectaban cocaína. Según Liddle, esos proyectos redujeron más del 70% la transmisión de VIH. Para la cocaína fumable cita un estudio de Vancouver, donde el acceso a pipas de vidrio pasó del 7% al 62% y bajaron las lesiones en la boca y el sobrecalentamiento de la sustancia.
Después de la jornada, cuenta Liddle, algunas personas mantuvieron contacto con los equipos de reducción de daños y otras fueron derivadas a dispositivos de salud. A ARDA le sorprendió que muchas estuvieran conformes porque era la primera vez que una organización les hablaba de drogas sin imponer la abstención ni exigir un tratamiento. Fue un piloto, dice, y “si la evidencia científica acompaña, vamos a repetirlo”.
LN/MG



