
La inteligencia artificial dejó de ser un asunto de laboratorios para convertirse en una tecnología que obliga a discutir qué entendemos por conocimiento, autoría, verdad, responsabilidad y poder. Entre el tecnopánico, la regulación y la soberanía tecnológica, el desafío es comprender qué cambia cuando el saber circula por sistemas que pocos controlan y millones utilizan.
El rostro filosófico de la inteligencia artificial no nació con ella. Nació cuando dejó de ser un asunto de laboratorios y se volvió una experiencia cotidiana, sobre todo entre 2022 y 2023, al pasar de herramienta opaca a interlocutor. Entonces millones de personas dejaron de preguntarse solo qué podía hacer la máquina y empezaron a preguntarse qué revelaba de nosotros. Casi todos la han visto funcionar; muy pocos podrían decir con rigor qué es, cómo produce lo que produce, ni qué queda de humano en esa producción. Al usar sistemas que simulan comprender un texto, componer una imagen, decidir o equivocarse, vuelven preguntas que creíamos reservadas a las personas: qué distingue información de conocimiento, qué cuenta como autoría, qué es una decisión, qué valor tiene haber vivido una experiencia. En la conversación pública el algoritmo retrocede y ocupan su lugar la libertad, la responsabilidad, la dignidad, la creatividad y la verdad. En los laboratorios se sigue hablando, en lo esencial, de algoritmos, datos y funciones de pérdida. Cambió la audiencia —y, con ella, el lenguaje— más que el objeto técnico.
La inteligencia artificial había nacido varias veces. Como problema matemático, con Alan Turing, en las décadas de 1940 y 1950, cuando la pregunta era si una máquina podía pensar. Como programa de investigación, en Dartmouth en 1956, cuando se acuñó artificial intelligence. Como industria, al incrustarse en buscadores, traductores y procesos productivos. Durante décadas fue asunto de especialistas; después salió de los laboratorios y se volvió un asunto humano, sin que por ello abundaran las ideas compartidas.
Algunos describen la reacción social ante la inteligencia artificial —y, en otro registro, la computación cuántica— como un ciclo de pánico (“tecnopánico”, según Eduardo Bertoni), regulación y comprensión. Otros ven un esquema menos lineal: el pánico aparece ante un poder opaco; la regulación intenta gobernarlo; la comprensión suele llegar tarde y de manera desigual. De pánico y normas sobran ejemplos; lo que escasea no es toda comprensión —sabemos sobre límites, sesgos, alucinaciones, datos y evaluación—, sino una comprensión pública capaz de distinguir la precaución de la fábula.
Toda tecnología que altera quién puede acceder a la información reabre preguntas sobre poder, lealtad y responsabilidad. Hay precedentes.
En el III milenio a.C., la tradición literaria mesopotámica posterior atribuye a Sargón de Acad el recurso a mercaderes que “exploraban las regiones” para informarse de tierras lejanas. El Libro de Josué (cap. 2) narra que Josué envió a Jericó dos exploradores. Rahab mintió a las autoridades y los ayudó a huir: reconoció la fuerza del invasor y negoció la supervivencia de su casa. Leída con categorías modernas, es una de las primeras colaboradoras locales de las que queda memoria escrita; datar el episodio en el siglo XV a.C. es seguir el reloj interno de la Biblia, no un consenso arqueológico.
En febrero de 1950 fue arrestado en el Reino Unido Klaus Fuchs, físico alemán nacionalizado británico. El 1 de marzo se declaró culpable de cuatro cargos por violar la Official Secrets Act: había entregado información atómica a la Unión Soviética. Fue condenado a catorce años; no pudo ser juzgado por alta traición porque, durante varios de los hechos, la URSS era aliada del Reino Unido y de Estados Unidos. Su confesión llevó a otros espías. Con reducción por buena conducta, salió en libertad en junio de 1959, perdió la nacionalidad británica, se trasladó a Alemania Oriental y siguió como físico nuclear hasta su muerte, en 1988. Tres episodios —colaboración en una conquista, inteligencia comercial al servicio de un imperio, traición científica en la Guerra Fría— causaron pánico, exigieron regulación y siguen abiertos a interpretación: lealtad, delito, instrumento, drama moral.
Toda técnica que hace circular información a través de un umbral de poder —un muro, una frontera, un laboratorio, un archivo del mundo— obliga a redefinir quién puede saber, quién responde y qué cuenta como uso legítimo o traición. El espionaje no es inteligencia artificial: aquél vive de la clandestinidad entre rivales; ésta se despliega a la vista y reserva la opacidad para su interior técnico y económico. Pero ambos fuerzan la misma secuencia: alarma, regla, disputa sobre el sentido.
La inteligencia artificial no es un espía. Es, como aquellos umbrales, un lugar controlado por pocos por el que pasa demasiado saber de demasiadas personas. ¿Quién habla, quién responde y qué estamos dispuestos a llamar verdad?
El tamtán de la intimidad perdida retorna con las historias de espías: prometen un culpable cuyo rostro queda velado por un umbral y un zaguán. Volvió con Evgeni Kaspersky; su empresa pone el apellido en un antivirus que, para proteger, debe ver casi todo. Se formó en la facultad criptográfica de la Escuela Superior del KGB y sirvió como ingeniero en el Ministerio de Defensa soviético. A su alrededor se articulan software privilegiado, sede bajo ley rusa, acusaciones estadounidenses y prohibiciones fundadas más en lo que un Estado puede exigir que en una confesión. El pánico pide celda o cadalso; la regulación se limita aquí al contrato y a la arquitectura. Comprender exige no confundir una cosa con la otra: ser dato de entrenamiento o destinatario de una fluidez sin rostro no prueba intención ni garantiza acierto.
La guerra de Rusia contra Ucrania fue leída en gran parte de Europa como una grave ruptura del orden de seguridad continental. En ese marco, el software ruso con privilegios de sistema dejó de ser un asunto solo técnico. A los pocos días se reabrió con intensidad el debate sobre Kaspersky: no porque se hubiera demostrado un implante de espionaje o malware de Estado, sino porque un antivirus opera con acceso profundo al endpoint o dispositivo, mantiene un canal persistente con el fabricante y, en un conflicto, un proveedor sujeto a la jurisdicción rusa puede ser coaccionado, comprometido o utilizado.
Kaspersky sostiene que procesa en centros de datos de Zúrich los archivos maliciosos o sospechosos remitidos voluntariamente por usuarios de Europa y otras regiones, y que sus productos pueden auditarse mediante análisis dinámico, centros de transparencia y certificaciones. Esas salvaguardas no disuelven la pregunta política. En marzo de 2022, el BSI alemán recomendó sustituir sus soluciones; en Italia, la normativa de urgencia y la Agencia para la Ciberseguridad Nacional (ACN) empujaron a administraciones y operadores a analizar riesgos y diversificar proveedores ligados a la Federación Rusa. En paralelo, el Garante para la Protección de Datos Personales (GPDP) abrió una instrucción y pidió a Kaspersky Lab datos sobre sus clientes italianos, el tratamiento y transferencia de datos y los requerimientos de autoridades extranjeras desde el 1 de enero de 2021.
El expediente no trata solo de un fabricante. Abre el problema más amplio de la soberanía tecnológica: no el metaverso de una autonomía total —imposible en cadenas globales de silicio, nube y software—, sino la capacidad de un Estado o bloque para conocer, limitar y, llegado el caso, sustituir dependencias que atraviesan infraestructuras críticas. La frontera no es “tecnología propia o extranjera”; es qué grado de ensañamiento jurídico y de antifaz operativo resulta tolerable cuando el proveedor reside en un orden geopolítico adverso.
¿Espía la máquina de noche y de día, y el cantante, los músicos y nosotros nos jugamos la vida? Veremos, como en la rumba de Gato Pérez. Mientras tanto: “Música, música, música, música y palabras / Que se combinan en un diálogo / Inédito y profundo”.



