Dijeron por allí algo maravilloso, antes de la gran final de la Copa del Mundo de Fútbol, y me encantó: “Sobran manijas, pero faltan puertas”, poesía lunfarda y popular de nuestro escurridizo pathos argentino. Me hizo recordar un poema de la niñez, el de Baldomero Fernández Moreno, Setenta balcones y ninguna flor, el desierto humano de las soledades que atenazaban las cotidianeidades en la urbe creciente, otra variante de los exilios consecutivos de nuestra cultura expulsada y hostigada, haciendo polinizar de todos modos alguna regada flor, alguna manija de donde agarrarnos, alguna puerta para abrir las cerrazones. Podríamos decir muchas manijas y ninguna flor, parafraseando el poema. Y claro, son tantas las situaciones que tienen que ver con las vidas desesperadas, este paroxismo que nos habita, esta desmesura permanente en la que vivimos, la argentinidad. Parte del problema es esta cosa delirante que nos enorgullece, en la que se encuentra también esta relación desbordante y tanática con el fútbol, entre otras respiraciones apasionadas. Expresión de otra cosa, tal vez lo que no marcha en la historia de nuestro país y sobrecompensamos con manijas sin puertas, lo que no funciona estructural, la expresión de nuestras propias vidas que no terminan de tranquilizarnos porque no termina de haber puertas.