El mar oxida la lengua de los que viajan. Primero una vocal, dos o tres sílabas desintegradas. Después palabras, oraciones, párrafos completos. Así se destruyó la lengua materna de mi abuela. Fue culpa del mar. De haber estado en el vientre de su propia madre mientras cruzaba el océano desde Damasco. Los imagino en un estrecho camarote. Ali y Fodda, mis bisabuelos, los dos últimos de la familia en hablar árabe. Están sentados sobre una litera, nerviosos, quizás mareados por el continuo vaivén. Intentan memorizar las nuevas palabras, las que parecen más sencillas. El parecido es asombroso. Como el de dos parientes lejanos que se reconocen y se abrazan: kamis, gitara, móseka. Camisa. Guitarra. Música. Fantasmas que anidan en la lengua nueva y la habitan con sus ecos: alarido, ojalá, alevosía.