Tu hijo, tal vez por esa sabiduría que enseñan las cicatrices, mantiene una relación amistosa con la torpeza y el error. Cálmate, no te preocupes, te dice cada vez que se confunde o falla. Te asombra su solidaridad con sus propios desaguisados. Durante tu adolescencia –lo recuerdas bien–, te aterrorizaba equivocarte y defraudar. Silenciabas tus preguntas temiendo que ya debieras saber la respuesta, detenías los pasos asustada por un posible tropiezo, censurabas tu espontaneidad por miedo al desacierto.



