Tuve que volver al viejo barrio a buscar velas. Mi costumbre de alumbrarme con ellas cada noche en el candelabro de barro que me regaló el alfarero del barrio cuando vivía (menos mal que no después, hubiera sido aterrador) terminó por consumir los paquetes de siete colores que había comprado de a puñados domingo por medio en el chino de la avenida 27 de Febrero, frente a uno de los últimos quioscos de diarios que quedan en la ciudad.



