Hablar con el síntoma

La adolescencia exige un cambio en el rol de los padres: dejar de criar para empezar a acompañar.

Un niño pequeño juega sentado en una silla, se balancea, hasta que su madre le dice: “Dejá de hacer eso que te vas a caer”. Enseguida el niño se cae y la madre le dice: “¿Viste? Te caíste nomás”.

No vamos a proponer que el niño se cayó porque la madre se lo advirtió -aunque nunca se puede despreciar la pasión de los más pequeños por cumplir las fantasías parentales-, solo diremos que, en otra época, ahí comenzaba un refuerzo insistente de la culpa: “¿No ves? Eso te pasa por no hacer caso”.

Por esta vía, toda una generación fue criada con la interiorización de la culpa como una forma de límite en la relación con los actos. Dicho de otra manera, esta generación solo es capaz de frenar cuando se siente culpable; como si la culpa fuera el único afecto que permite tomar conciencia de los actos.

Este era el problema de otra época, de qué manera pasar de la culpa a responsabilidad; es decir, cómo soltarse de la voz invalidante de los padres para pensar una relación con las consecuencias que permitiera anticiparlas y asumirlas, sin llegar a que sea demasiado tarde para tomar una decisión.

Esa otra época es la de la neurosis. La nuestra se caracteriza por otras coordenadas de subjetivación, que se basan también en nuevas formas de crianza. Al niño que hoy juega en la silla, no se le lanza una profecía que se autocumple; los padres no son ávidos espectadores del momento en que se caerá.

Hoy los padres nos levantamos de nuestra silla y les hablamos. Los alzamos y, entre los brazos, les damos una explicación para que entiendan lo que les decimos. Y esperamos que estén de acuerdo con lo que les decimos, que sean capaces de reproducir los pensamientos que les inculcamos.

Somos padres amorosos, pero que a veces no calculan el efecto de que nuestra voz ya no sea un mandato interno sino la conciencia misma. Con el tiempo, nuestros hijos hablan como nosotros, saben imitarnos, de antemano predicen lo que vamos a decir, reproducen nuestra cadencia -en los mejores casos, para reírse.

¿Será que pasamos del “Te lo digo por última vez” a un “No me voy a cansar de decirte lo que pienso”? Con el riesgo de que nuestro pensamiento les impida pensar por sí mismos. Esto que planteo no es del todo relevante en la infancia, pero sí cuando los chicos empiezan a crecer y precisan convertirse en sujetos de experiencia.

Por ejemplo, a un hijo de cuatro años que en la plaza agarró el juguete de otro, le digo: “Agarrar algo sin permiso no está bien, tenés que preguntarle al nene si te lo presta porque tal vez no le gusta”. Ahora bien, cuando este hijo tiene más de diez años, la situación ya es muy otra. Tratar de explicarle algo que él ya sabe bien no solo es redundante, sino que le impide responder por su acto.

Pensemos en esta situación. Mi hijo de más de diez años viene de la escuela con algo que no es suyo. No es que lo haya robado, sino que me doy cuenta de que se hizo el tonto y sacó una ventaja. Darle un discurso moral que interprete su conducta, hacerlo pensar lo que yo pienso sobre su acto sería tratarlo como a un niño de cuatro.

Si hago esta distinción es porque, en el trabajo con padres de hijos que están en proceso de pasaje a la secundaria, es recurrente tener que conversar con ellos que no los traten como si fueran más pequeños de lo que son. Más que querer pensar con los hijos, para que ellos piensen lo que pensamos, esta es la etapa en que tienen que empezar a desarrollar su propio criterio.

Para desarrollar criterio, los padres tienen que entender que después de cierta edad ya no crían, sino que acompañan. Hace poco me invitaron de una institución escolar a dar una charla para padres de secundaria y me propusieron el título “Crianza…” e inmediatamente les dije: “¿De qué crianza hablamos? Los adolescentes ya están criados, para bien o para mal”.

El problema, en este punto, es que tal vez empezamos a ver la crianza como un proceso continuo que llevaría hasta la adultez. Así es que, como propuse antes, no tenemos en cuenta el riesgo de estar hablándole de más a los hijos, de que tengan nuestra voz como un telón de fondo que les impide generar su criterio y experiencia.

Para que un pre-púber comience a tener criterio, lo primero es que sepa qué piensan los padres. Y que estos aclaren que eso es lo que ellos piensan, dándole al futuro adolescente la ocasión de que -dentro de lo posible- experimente. Aquí ya veo que se me dirá que le doy rienda suelta al libertinaje. Nada más lejos.

Por ejemplo, cualquiera de mis hijos sabe que con las drogas –para mí– está todo mal. Saben que perdí amigos en ese mundo telúrico y que por respeto a quienes dejaron la vida en ese tormento, para mí no hay umbral de consumo responsable. Lo que ellos hagan, lo harán por su cuenta y riesgo. No espero que estén de acuerdo conmigo y si me preguntan les diré que drogarse es por fragilidad o estupidez. No se los prohíbo, solo sepan lo que yo pienso.

Y en cada ocasión en que conversamos, les pregunto qué piensan ellos. No para tratar de convencerlos. Experimentar no es probar sin consecuencias o que estas caigan en la cuenta del otro. Si te vas a emborrachar en una fiesta, por lo menos trata de ser vivo para saber cómo te vas a volver.

Propongo estas situaciones menos para ofrecerlas como un paradigma que para situar la manera en que plantearles a los hijos nuestro criterio es también contarle nuestros síntomas y no hablar desde situaciones ideales. Si cada quien les habla a sus hijos desde sus síntomas, en función de los efectos que hayan tenido en su vida, la cuestión estará encaminada -así como todo camino tiene sus tropiezos.

La expectativa del camino allanado, de la supervisión (por ejemplo, en esa mirada que controla la localización de los hijos) como garantía, está dificultando que los chicos crezcan por discontinuidad y, por eso, permanecen en una adolescencia que es cada vez más una mera prolongación de la niñez.

No estipulo nada definitivo en estas líneas, solo esbozo la cuestión para que se le pueda dar el estatuto de una pregunta que requiere ser retomada. Sin mirar tanto a los adolescentes como a nuestro modo de relacionarnos con ellos.

LL/MF