El creciente individualismo y la debilidad institucional están impulsando una expansión de conductas manipuladoras sin remordimientos.

En la actualidad, la falta de cohesión social y la erosión de las estructuras tradicionales favorecen que más personas adopten estrategias para influir en los demás sin sentir culpa alguna.

Este fenómeno se alimenta de la cultura del “sálvese quien pueda”, donde la prioridad es el beneficio propio, dejando de lado la ética y la solidaridad.