
El micro estaba casi completo y nadie se había sentado a mi lado. Creí que, con un poco de suerte, podría estirar las piernas y apoyar la cabeza contra la ventana. Existen pocas cosas más placenteras que quedarse dormido ante el ocaso del sol rutero de octubre. Mi profesora de yoga solía repetir que es necesario aprender a encontrar la felicidad en las cosas más simples. Para ella era fácil decirlo, lo afirmaba con una voz imperturbable mientras su pierna derecha desafiaba las leyes de la física y se balanceaba sobre su cabeza. Cada tanto me permito disfrutar de un café solitario, de un buen libro o de la lluvia de queso rallado sobre los ravioles del domingo, pero a veces siento que nada es suficiente.
Antes de poner en marcha el motor, el chofer abrió la merienda que correspondía al pasajero ausente: una bandeja decadente que incluía tres galletitas de agua, un caramelo ácido y un alfajor de fruta de una marca que jamás había escuchado nombrar. El banquete fue interrumpido por el golpe insistente de un bastón contra la puerta. El conductor invitó a la señora a subir de forma antipática, la retó por la tardanza y le entregó los restos entreabiertos de la bandeja.
Entendí que, por descarte, esa mujer se sentaría junto a mí. No recordaba haberla visto antes, algo extraño considerando que en el pueblo viven menos de cuatro mil personas. Se movía con lentitud, acompañando cada paso con una sonrisa leve que interpreté como un pedido de disculpas. Tendría unos ochenta años, o eso inferí en base a sus arrugas y a su ropa gastada.
Al llegar a su lugar, que hasta ese entonces yo utilizaba para apoyar mi mochila, me pidió ayuda para acomodar su bolso en el compartimiento superior, ofreciéndome a cambio su alfajor porque, según explicó, el médico le había prohibido los dulces.
El sonido del colectivo al partir despertó al perro que acostumbraba a dormir en la terminal, un perro viejo que sabía la expresión exacta que debía poner para despertar la compasión de los viajantes y conseguir así un poco de comida. Según mis cálculos, hay un promedio de cuatro perros y medio por terminal. Cada pueblo tiene una manada autóctona, con sus propias costumbres y sus propios rituales. Algo habrá en esos lugares de tránsito para que ellos elijan asentarse ahí. Viven despreocupados donde otros estamos de paso, tal vez deberíamos aprender un poco más de los animales.
Ya resignado a la incomodidad física por disponer de un solo asiento, mi última esperanza era que mi compañera de viaje no me hablase durante el recorrido. Para prevenir un eventual intento de su parte, me puse los auriculares en los oídos, pese a que mi celular estaba apagado.
A los pocos minutos, me fue inevitable notar una mirada solapada sobre mi perfil izquierdo. Imaginé un par de ojos apagados, fatigosos, dignos de alguien cuya vida se extendió más tiempo del recomendable. Al no haber reciprocidad, la mujer optó por un ataque más directo y me contempló sin disimulo durante unos instantes. No tuve más alternativa que mirarla yo también, convirtiéndome en cómplice de un pacto tácito. Me saqué los auriculares sólo por cortesía, y ella aprovechó su oportunidad.
Es la primera vez que voy a Buenos Aires, dijo con orgullo, tal vez esperando que la felicitara. Ay, señora, si hubiésemos tenido un poquito más de confianza le habría dicho que está sobreestimando el encanto de la ciudad. No hay nada comparable a la tranquilidad del pueblo, a sus mates tempraneros, al sonido de los grillos, a la rutina que uno cree odiar hasta que la pierde y comienza a añorarla.
Le respondí con un leve movimiento de cejas, que podía significar tanto sorpresa como cierto interés. Entrenada en el arte de la conversación banal, la mujer retrucó con un ¿Y vos?, que fingí no escuchar. A veces envidio la impunidad de los mayores No creo en el mérito del simple transcurrir de los años. Nunca me imaginé llegando a su edad, tan seguro estoy del efecto que el cigarrillo, el sedentarismo y la apatía tendrán sobre mi cuerpo.
Mi nieto me invitó a pasar unos días con él y me va a acompañar a un teatro de la calle Corrientes para ver a Serrat que canta con ese otro español… ¿Fermín Sabina? Hace cuatro meses me agarré una neumonía que ni te cuento. Me tuvieron que trasladar a Río Cuarto porque en la salita de Inriville no me podían curar y ahí me quedé internada no sé cuántas semanas. La verdad es que la mayor parte del tiempo me la pasé durmiendo. Las enfermeras eran simpatiquísimas, me traían té, sopa, gelatina, una vez hasta me dieron helado. Mi familia ya no vive en el pueblo y como nadie me vino a visitar me entretenía viendo el canal que pasa recetas todo el día, menos a la madrugada que están los pastores esos de Brasil. Igual a esa hora ya se me cerraban los ojos. Era como estar en un hotel, aunque sin poder moverme de la cama. Es tan lindo mi Damián. Se preocupó mucho cuando me enfermé y por eso quiere pasar un tiempito conmigo. Tendrá tu edad más o menos. Es un chico trabajador, bueno, siempre tan atento…
Aún atónito ante su monólogo, sentí que si no retribuía de alguna forma sus palabras estaría rozando la falta de respeto. Le comenté que vivía en Flores desde hacía casi cuatro años. Ella vaciló, seguramente se sentía avergonzada por no haber escuchado nombrar mi barrio. Respondí cada una de sus preguntas con la poca paciencia que me quedaba. Admití que me instalé en la ciudad con la convicción débil de estudiar derecho. Mi carrera duró apenas un cuatrimestre y medio. Después, un trabajo monótono pero estable y un noviazgo estéril me mantuvieron atado a una cotidianeidad entumecida. Cuando Laura me reemplazó por un abogado de verdad pensé en regresar a Inriville, pero no es sencillo volver al pueblo con semejante fracaso sobre los hombros. Mis padres creen que me voy a recibir pronto y aprovechan cada oportunidad para mencionarle a los vecinos que su hijo mayor es el primer universitario de la familia.
Cómo va a dejar a un muchacho tan buen mozo, esa chica no entiende nada, acotó ella por lo bajo. Sonreí. Después de la separación, me pregunté durante mucho tiempo por qué no me había dejado antes, pero preferí no romper la fantasía de aquella mujer que, para mi sorpresa, ya no me parecía tan molesta. La señora me extendió su mano marchita y gris. Dijo llamarse Josefina, a lo que respondí confesando mi nombre de forma casi automática. Noté que me apretó con fuerza durante unos segundos y que, si yo no hubiera tomado la iniciativa, ella no me habría soltado.
Josefina acercó su cara a la mía y me preguntó susurrando si el agua de la máquina del fondo era gratis. Su inquietud me tomó por sorpresa, aunque su ingenuidad era evidente; desde que subió al colectivo examinaba con fascinación todo lo que nos rodeaba. Le acerqué un vaso de plástico lleno por la mitad, temiendo que a causa de los vaivenes del camino y de su poca estabilidad mi ropa terminase empapada. Ella tomó una pastilla anaranjada; la ruta la ponía nerviosa y hay cada loco manejando que mejor no hacerse problema y tratar de descansar.
El Alplax comenzó a hacer efecto casi de inmediato y sus palabras fueron mutando en balbuceos inentendibles primero y en el más unánime silencio después. Me apoyé en el respaldo e intenté seguir su ejemplo, pero me fue imposible dormir. Ya estaba oscureciendo. Un cartel nos daba la bienvenida a la provincia de Santa Fe. Recordé el Renault 12 de mi viejo, donde sonaban los cassettes de ese cantante que decía que en el cielo no hay fronteras. A lo lejos divisé unas vaquitas que movían la cola al unísono, junto a ellas había una pequeño puesto con la luz encendida. La belleza del paisaje contrastaba con mi ansiedad. Unas horas más tarde debía estar en la oficina porque los auditores irían temprano.
Cerca de San Nicolás, la respiración de Josefina se hizo más audible y ella comenzó a moverse con letargo. Me preocupé por unos segundos hasta que comprendí que sólo estaba roncando. Su cabeza se posó dócilmente sobre mi hombro y preferí no importunarla. La dejé descansar. Al fin y al cabo en poco más de una hora estaríamos en Buenos Aires.
Al llegar a Retiro, ya de madrugada, desperté a Josefina con una delicadeza inusual en mí. Ella se desperezó y miró por la ventana, buscando la cara de su nieto entre la media docena de personas que rodeaban la plataforma. Su desilusión fue indisimulable al no encontrarlo. Bajamos juntos del colectivo. Ella sostenía su bastón con la mano derecha mientras se tomaba de mi brazo con la izquierda. Yo hacía equilibrio con su bolso y mi mochila sobre la espalda.
Esperamos un rato largo pero Damián no apareció. Josefina no tenía celular ni tampoco recordaba el número de su nieto. Me pareció verla lagrimear detrás de sus anteojos. Le dije que la noche porteña no era segura, que sería mejor ir a otro lugar. Cerca de mi departamento hay una parrillita que está abierta las 24 horas, donde preparan el mejor guiso de lentejas de la ciudad, sugerí. Ella se sostuvo con firmeza de mi brazo mientras caminamos juntos hasta la parada de taxis.



