
La agencia de desarrollo del gobierno británico que ocupa las islas preparó un cuadernillo de 44 páginas en castellano para la polémica rueda de negocios de Punta Arenas, el sur del vecino país, que comenzó este lunes. Tiene retratos sonrientes, biografías íntimas y revela lazos con Magallanes, pero no nombra ni una vez a la Argentina, la guerra ni la soberanía.
En la página 10 hay una mujer de anteojos negros y pelo revuelto por el viento, sonriendo mientras un perro le lame la cara. Es Emily Gilbert, secretaria ejecutiva de la Asociación de Empresas Rurales de las islas, y el texto cuenta que maneja “junto con su esposo Mark” una pequeña explotación ganadera en “East Falkland” y un negocio de turismo rural. La foto no parece elegida al azar. Resume el tono del cuadernillo que la Falkland Islands Development Corporation (FIDC), la agencia de desarrollo que financia el gobierno británico ocupante de las islas, repartió entre los empresarios chilenos que participan desde este lunes del Punta Arenas Business Showroom. Todo, en medio de la creciente tensión por el inédito reclamo soberanista del gobierno de Javier Milei.
El documento se titula “Feria Empresarial Punta Arenas – Delegación Islas Falkland” y está escrito en castellano y colgado en la web oficial del evento. Presenta a 42 personas con el mismo formato: retrato en primer plano, logo de la empresa, correo de contacto y una biografía que casi nunca se limita a lo profesional. Como una colección de figuritas, cada página muestra a alguien con nombre, cara y una historia. El folleto no apunta a funcionarios ni a gobiernos: apunta a comerciantes, proveedores y “vecinos” de Magallanes. Los kelpers en su faceta más humana.
Lo que no aparece dice tanto como lo que sí. En 44 páginas no se nombra a la Argentina, ni a Malvinas, ni a Puerto Argentino. No hay referencias a 1982, al conflicto ni a la soberanía. Las islas son siempre “Islas Falklands” y la capital, “Stanley”, que se menciona 25 veces. La palabra “comunidad” aparece 15 veces. El único rastro de la guerra está escondido en la ficha de Cynthia Williams, subgerente de un vivero, entre cuyas tareas figura el mantenimiento de las tumbas de guerra de la Commonwealth. La tapa tiene un mapa donde se ven Tierra del Fuego, la Isla de los Estados y el Banco Burdwood, con una sola leyenda política: “Falkland Islands (U.K.)”.
Lo que el folleto repite es la pertenencia. Mike Summers, director de la Cámara de Comercio, es “un isleño de sexta generación”. Dylan Stephenson, dueño de una empresa de estiba, es “un isleño de las Falklands de décima generación”. Marc Short, funcionario de Obras Públicas, pertenece “a la séptima generación de su familia en la isla” y “ha vivido allí toda su vida”. No es un detalle biográfico inocente: la genealogía está en el centro del argumento isleño de la autodeterminación, que la Argentina rechaza porque considera que se trata de una población trasladada por la potencia ocupante y porque las resoluciones de Naciones Unidas hablan de los “intereses” de los habitantes, no de sus deseos.
El otro eje es Chile. El cuadernillo remarca todos los vínculos posibles con Magallanes. La madre de Marc Short, por ejemplo, “es de Puerto Natales”. Arturo Guala, dueño de un restobar en Stanley, es “un emprendedor chileno originario de Punta Arenas” que, tras mudarse, ahora “las llama su hogar” y quiere “superar las brechas culturales y económicas” entre ambas regiones. Daniela Baigorri, oficial de Bioseguridad del gobierno isleño, es “una bióloga marina chilena que forma parte de la comunidad” desde 2016. Patricio Garcés, de una pesquera, dice que espera “volver a conectar con viejos amigos”. Ali y Marlane Marsh cuentan que muchas de sus vacas Hereford descienden de animales importados de Chile, y que dejaron de comprar en ese país cuando se cortó la antigua ruta marítima.
El resto son historias pensadas para generar empatía. Chris Barrett, gerente de flota de la Falkland Islands Company, se mudó a las islas con su familia en 2020, “justo una semana antes de que golpeara el Covid”. Shula Phillips vendió su casa de huéspedes “apenas una semana antes del nacimiento de su hija” y cumplió “su sueño” de abrir un bar de vinos en una casita de piedra de 1840. Paul Phillips arrancó como esquilador. Ellie Ferriby y Harley Marshall aprendieron solos a levantar invernaderos para que la comunidad tenga verduras frescas todo el año. Un restaurante de Stanley resume su filosofía así: “Todos merecen un sitio en la mesa”.
Entre esas biografías también aparecen piezas del Estado británico e isleño, presentadas con el mismo tono amable. Hay cuatro funcionarios del gobierno kelper, dos gerentes de logística del British Antarctic Survey, el instituto polar que depende de un organismo público del Reino Unido, y ejecutivos de empresas con contratos con el Ministerio de Defensa británico. La propia FIDC aclara que es “un organismo cuasi autónomo financiado por el gobierno”, con un presupuesto anual de alrededor de un millón de libras. Su subdirectora, Louise Ellis, que encabeza la delegación, aparece como la artífice de una estrategia de tres años: visitas cruzadas desde 2024, una consulta sobre conexiones marítimas y un documento que “se compartió con actores clave en Chile”.
Miembros de la Corporación de Desarrollo de las Islas Falkland (FIDC) que viajó a Chile.
El cuadernillo funciona como una herramienta de diplomacia blanda, y llega en un momento en que el mensaje encuentra eco del otro lado de la cordillera. El domingo, el ministro de Defensa chileno, Fernando Barros, dijo que Chile apoya el reclamo argentino pero que “hay una situación de hecho: un país amigo hace 200 años ejerce soberanía sobre las islas”, y pidió respetar “la voluntad e interés de las personas involucradas”. Es la misma idea que el folleto construye página por página: que en las islas vive gente con arraigo, familias y proyectos, y que Magallanes es su vecino natural.
Pero el problema va más allá de la imagen. La rueda de negocios le da carga a la ruta directa Punta Arenas–Stanley (Puerto Argentino) que la naviera chilena Easter Island planea inaugurar a mediados de noviembre, mientras la Armada trasandina impulsa un puerto multipropósito sobre el Estrecho. “Hay preocupación porque están pensando armar un puerto multifuncional, un centro logístico con la excusa del comercio”, le dijo a elDiarioAR una fuente oficial. En la versión que la FIDC eligió mostrar en Punta Arenas no hay puerto ni geopolítica: solo vecinos que quieren comprar verduras, cemento y repuestos más cerca de casa.
Dylan Stephenson, "isleño de décima generación", en el folleto con el que los kelpers se presentan en Punta Arenas, Chile.
MC



