El que se ríe pierde. Esa es la premisa de LOL, Last One Laughing Argentina, la competencia de la que participó Julián Lucero en Prime Video y en la que debía usar su humor e ingenio como arma letal para “eliminar” a sus oponentes. Pero en la vida real, sea lo que sea que eso signifique, el que se ríe gana: el que se ríe de sí mismo, el que sabe reírse con el otro (y no del otro), el que se ríe aún en tiempos difíciles. Ya lo dijo Capusotto alguna vez: “El humor es el mejor medio para negociar con la realidad”.

Tal vez por eso la ciudad de Buenos Aires sea testigo de un aluvión de espectadores teatrales, aún con sus preocupaciones económicas y sociales a flor de piel. Puntualmente, obras como Modelo Vivo Muerto, presentada por Bla Bla & Cía (antes Los Bla Bla) en el Caras y Caretas 2037, que agota funciones cada semana y que lo tiene a Julián como uno de sus protagonistas.

Desde arriba del escenario, esta agrupación teatral formada por un grupo de grandes intérpretes y amigos provoca la carcajada minuto a minuto y el público lo agradece: “Estamos con dos funciones llenas por semana y con mucha gente circulando, recomendando, contenta de compartir esa ceremonia”, cuenta Lucero, que desde este mes también asumió el desafío de hacer un programa diario por streaming (Soñé que volaba, de lunes a viernes de 10 a 13, a través del canal @olgaenvivo).

Cargado de proyectos en los que siempre lleva la risa como bandera, el actor y director atiende el teléfono y se dispone a charlar largo y tendido con El Planeta Urbano.

–Cada vez que hablo con algún artista teatral, hace alusión a un fervor de espectadores en esta etapa pospandémica. ¿Compartís esa sensación?

–Yo no sé cuál es la razón, pero efectivamente hay un crecimiento muy grande de público. En nuestro caso realmente grande. Nos iba bien y llenábamos la sala, pero en El Mandril, que es un lugar bastante más chico que el Caras y Caretas. La salida del teatro, a diferencia de la del cine, tiene una cosa un poco más ceremonial, más antigua y en un sentido más simple también, ¿no?

Hay gente del otro lado haciendo algo y vos del lado del público mirándolo. Creo que esa cosa básica es la que hizo que la gente volviera. Hubo un año de pandemia, pero hubo dos años extraños porque la gente estaba con barbijo, tenía miedo de reírse. Creo que ahora perdió el miedo a reírse a carcajadas. Supongo que algo de eso también ayudó a que la gente salga y tenga ganas de experimentar esa sensación.

–Hace mucho que trabajan juntos con el grupo Bla Bla & Cía. ¿Cómo alimentan la creatividad después de tanto tiempo?

–Sí, 13 años. Creo que porque siempre está abierta la posibilidad de que uno proponga algo y ponga sobre la mesa algún juego, alguna tontería para la escena y para afuera de la escena, para nuestras relaciones personales también. Somos un grupo de amigos además de un grupo de teatro.

La obra, en ese sentido, es como un organismo, y el grupo también es un organismo, un organismo que no está rígido, seco, estático sino que está en movimiento. Y ese movimiento se da porque cada una de sus partes está agregando, sumando cosas. Supongo que eso también te hace repensar las obras.

Nos damos sorpresas dentro de la escena, estamos atentos, a disposición de lo que aparezca y eso viene un poco del clown, la varieté. Eso hace que uno no lo pueda poner en automático, siempre algo va a acontecer: a alguien se le cae algo, alguien se tropieza, alguien se olvida una parte del texto, usualmente yo (se ríe), entonces eso hace que estemos muy permeables y atentos al mismo tiempo.

“Cuando alguien hace humor negro en vano, lo siento pobre a ese recurso. Hay gente que se nos acerca a los humoristas y hace algún comentario de humor negro sobre algo, como si a vos te generara placer, y es todo lo contrario.”

–Hace algunos días Carlos Núñez Cortés, de Les Luthiers, dijo en una nota que no se podía hacer humor con todo, que había una especie de autocensura. Explicaba que nunca se le ocurriría hacer un chiste sobre el Holocausto, por ejemplo, que ese para él era un límite. ¿Coincidís?

–Por un lado, cada uno tiene sus propios límites; en ese sentido sí comparto la observación de tener ciertos límites sobre acontecimientos históricos o personales de un tercero. Pero, por otro lado, no me parece que haya un límite establecido por fuera de cada individuo, no sé si hay un límite moral externo a las personas.

La ciudad para mí es un lugar muy nocivo y violento, entonces, de alguna forma, hay que traducir esa violencia en otro lenguaje para que pueda ser tolerable o poder reflexionar respecto de esos temas. Si hay una persona que sufrió un abuso extremo a mí no me surge para nada hacer chistes con eso. Pero no es que yo me adapto a un límite moral que está inscripto en algún lado o que se comparte socialmente; es muy personal en ese sentido.

A mí hay cosas que no me van a causar gracia nunca. Pero aún esas cosas pueden llegar a modificarse si alguien tiene la capacidad de hacer un chiste con eso. Ricky Gervais hace chistes con cosas terribles pero él también tiene sus límites. El límite que él pone es hacer ese tipo de chiste a los ojos de una persona. Si le vas a poder hacer un chiste a los ojos a un sobreviviente del Holocausto, entonces dale para adelante.

A mí lo que no me divierte de ninguna forma es tirar el piolín de ver hasta dónde llegamos con el límite del humor. En general, cuando yo me estoy corriendo de ciertos límites es cuando estoy cansado, aburrido y aparece lo más básico. Cuando alguien hace humor negro en vano, lo siento pobre a ese recurso.

Hay gente que a veces se nos acerca a los humoristas y hace algún comentario de humor negro sobre algo, como si a vos te generara placer, y es todo lo contrario; no me interesa en lo más mínimo que venga alguien que no conozco a hacerme un chiste terrible sobre alguien que perdió las piernas en Malvinas, ¿entendés? No me convoca para nada eso.

“A futuro no creo haya Gasallas porque no hay más gente queriendo poner plata en sketches en la tele. Creo que va a quedar vacío ese lugar.”

–Creciste viendo a Gasalla, Juana Molina y Casero. De acá a 20, 30 años, ¿quiénes creés que pueden ser esas personas que marquen a una generación en lo que a humor respecta?

–Creo que… (piensa). Es que ahora no hay humor en la televisión. Supongo que Capusotto fue lo último que la televisión tuvo, pero Capusotto ya es de hace 20 años también. Eso es medio terrible. La realidad es que no va a haber porque en la televisión no hay. Va a haber seis mil subfiguras de las redes.

–¿Los formatos actuales están atomizando demasiado?
–A mí me gusta que esté así repartido, me divierte. No sé a futuro… No creo que haya Gasallas porque no hay más gente queriendo poner plata en sketches en la tele y eso es lo que hacía que esos personajes conserven su color vinculado a la ficción y a la comedia. Creo que va a quedar vacío ese lugar, pero a la vez me parece que la comedia sí va a donde quiere. Puede ser que en algún momento vuelva a estar de moda la comedia física sin texto y, bueno, sucede eso.

A mí me dan ganas de ver a toda esta generación puesta en juego, en diálogo de ficción como de peli o serie o de sketch; porque también hay algo del TikTok o Instagram que un poco te obliga a repetir algo que funciona hasta el hartazgo. Hay gente que tiene 25 millones de seguidores, entonces empieza a estar atada a eso y no sé a dónde va a derivar. Seguramente a un lugar divertido, porque la gente no es idiota.

La gente con el humor es sincera consigo misma y eso es algo que a mí me gusta mucho. Uno no puede fingir que algo le causa gracia; te causa gracia o no, es algo realmente interno, son los órganos que se mueven adentro o no se mueven. Y eso no hay ningún algoritmo de ninguna poronga que lo vaya a modificar. Por eso digo que la comedia va a ir a donde tenga que ir, nadie con dinero va a modificarlo y eso me gusta.

Fotos: Patricio Vegezzi

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