En las afueras de Rosario, en los años setenta, había un barrio que conservaba algo de pueblo. Las bicicletas descansaban, apoyadas contra los árboles, los vecinos se conocían por su nombre y las tardes parecían durar más que en cualquier otro rincón de la ciudad. Lejos del ritmo apurado del centro, aquel barrio de calles tranquilas y grandes jardines parecía vivir bajo un tiempo propio.