
La literatura infantil corre el riesgo de convertirse en un instrumento de pedagogía moral y terapia emocional, en lugar de ofrecer experiencias de imaginación, conflicto y ambigüedad.
Hace poco le leía a mi hijo menor un cuento que nunca habíamos leído. Era una historia sobre un niño que tenía miedos y sus padres le explicaban que tener miedo era algo sano, que a todos nos pasa y así, entonces, el niño superaba el “trauma”.
Era un cuento tan espantosamente didáctico que, cuando leí quienes eran los autores, no me sorprendió que fuesen colegas. La avanzada psi en el campo de la crianza normativa ha sido temeraria. ¿Dónde quedaron esos cuentos sin redención, pero que servían para que los niños proyecten sus pulsiones?
Después de pensar esta pregunta, me inhibí. ¿Cómo puedo cuestionar la literatura infantil, cuando yo mismo escribí algunos libros de crianza? Entonces leí un breve pasaje de un ensayo de Santiago Gerchunoff y entendí mejor.
En ese pasaje, Gerchunoff relata la situación por la que pasó una escritora que fue muy criticada porque su libro para niños tenía un contenido que –se pensó– era políticamente incorrecto. Para defenderse, la autora dijo que ese contenido era irónico y que, en último término, tenía “una finalidad edificante”.
En esa aclaración Gerchunoff reconoce la señal de una derrota. El pasaje al que aludí es el siguiente: “La literatura infantil sería, entonces, una especie de catecismo secular”. Es una conclusión lúcida, que se acompaña de la experiencia del autor como librero al que, en ciertas ocasiones, se le pidió: “¿Me recomiendas alguno trabajar el duelo? ¿Qué lindo cuento tienes para trabajar la discriminación de género?”.
Este pasaje proviene de un capítulo titulado “La literatura no educa” en el libro En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento. Antes dije que, hace unos años, escribí algunos libros sobre crianza. En ese entonces no imaginaba que la crianza iba a terminar como terminó: un delirio de perfección.
Cuando escribí Más crianza, menos terapia pensaba en la situación de profesionales que recibíamos la consulta por niños sanos que eran derivados a tratamiento por conflictos típicos de la infancia –en una época en que el conflicto ya no se reconoce como saludable. Unos años después escribí un texto que se llamó “Menos crianza, más filiación”, cuando noté que la cosa empezaba a irse para cualquier lado.
El libro de Gerchunoff hace el diagnóstico final y más certero. Voy a repasar algunas de sus ideas. Para empezar, el primer capítulo comienza con la afirmación de que “los padres de hoy impedimos que nuestros hijos crezcan”.
A partir del análisis de un hecho cotidiano –como los grupos de WhatsApp– el autor analiza la pulsión de saber sobre los hijos hasta niveles obscenos, a contrapelo de la idea de que los niños –por ejemplo, en la escuela– deben participar de espacios en los que nosotros no estemos.
Los niños precisan un “espacio opaco para que puedan jugar sin testigos”. Pienso en lo que hoy ocurre cuando hay padres que no quieren dejar a un niño en un cumpleaños porque no podrán verlo. También en otra situación que Gerchunoff relata: la de los niños que son “vistos” mientras duermen a través de pantallas, cuando esta conducta va de la mano de un reloj que cronometra en qué momento se hace cada cosa.
Así nace lo que el autor llama el “bebé Tamagotchi”. Los niños se han vuelto cosas y esto es algo que se demuestra con el análisis de otra situación cotidiana: los hoteles que no admiten pequeños. Los pro-niños suelen argumentar que este es un acto de discriminación, pero, como bien destaca Gerchunoff: “…en la mente del defensor de los espacios sin niños, los niños no aparecen en una lista junto a negros, homosexuales y judíos, sino más bien en otra lista junto a mascotas, motos de agua y humo. Es decir, no se discrimina a los niños en tanto que personas, sino en tanto que cosas; como objetos o propiedades de unos individuos (los padres) que molestan e invaden el espacio de otros.”
El argumento de Gerchunoff es maravilloso, porque no opone los buenos a los malos, sino que muestra que ambos comparten el mismo presupuesto: “El problema es que los proniños hoy comparten, en realidad, esta visión de los niños como cosas. Somos también los padres de ahora los que nos planteamos (o creemos que nos planteamos) la posibilidad de ‘tener’ hijos en una misma lista con alternativas como tener un perro, hacer un doctorado, o viajar a la India a meditar.”
Al ser objetos de nuestra elección, creemos que los hijos son nuestros. Sentimos así que nuestra responsabilidad es educarlos como quien dice hacerlos o mejorarlos. Los niños se han vuelto “obras”. Así pasamos a otro breve ensayo, en el que el autor cuenta la situación de los padres que le hablan a sus hijos en otra lengua que (no es) la materna como una forma de capacitación: “Lo inquietante en esa forma de educar es la relevancia suprema que adquiere el ideal de hacer mejores a los hijos. [En el afán de darle lo mejor al hijo, al entender la crianza como una especie de entrenamiento] el angloparlante de parque infantil está obnubilado por las pequeñas virtudes: elige la forja del hijo por encima de la relación con el hijo.”
A continuación, el libro discute la decisión de tener hijos, como si fuera una elección no solo individualista sino extremamente liberal: “¿Es posible tomar una sola decisión con la certeza de no estar errando?”. La maternidad deseada, entonces, no es incompatible con una cuota de arrepentimiento.
Otro tema que el libro discute: la crisis de la autoridad, también desde una perspectiva crítica al plantear que “si en el antiguo régimen, todos eran adultos [incluidos los niños], podríamos decir que ahora ya todos somos niños”. Por lo tanto, no se trata de pensar que los niños no respetan a los adultos, sino que estos se han desautorizado a sí mismos.
El último ensayo de la primera parte, interpela con una pregunta inquietante: “¿Somos realmente capaces de distinguir entre niños y mascotas?”. El espíritu de la sección se resume con esta frase: “Para ayudarlos a ser sujetos, no hay más remedio que dejarlos de tratar como nuestros objetos”.
La segunda parte del libro (con el título general “Infancia y narración en el siglo XXI”) la comentaré de manera más breve, a partir de una idea general: es una reconstrucción de la evolución de la infancia desde producciones culturales.
Si al niño huérfano del siglo XIX (por ejemplo, en las novelas de Dickens) le siguió, con el cambio de centuria, el hijo de padres separados (por ejemplo, Elliot en E.T.) que compensó su tristeza con una inteligencia adaptativa; en el XXI estamos ante el hijo de padres inútiles –como lo muestran series como Los Simpsons o una película como Mi pobre angelito.
“Si el huérfano era un héroe luchador, y el hijo de separados era un héroe tímido, el hijo de padres inútiles es un héroe irónico”, desarrolla Gerchunoff. Y en la misma serie incluye un contrapunto entre Babar y Elmer, para ilustrar la diferencia entre el republicanismo del primero y el liberalismo del segundo: “Babar no puede ser recomendado ya que porque es conservador, colonialista, anti-ecologista y heteropatriarcal. […] Elmer, en cambio, no puede ser acusado de ninguna de estas fechorías. En su simplicidad bonachona, respeta todas las diferencias y no se impone sobre la libertad o el espacio privado de ningún otro. Pero, además, aunque ningún pedagogo progresista lo note, la defensa a ultranza de estos valores está en el centro de lo que suele llamarse neoliberalismo.”
En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento es un libro breve y contundente, una cachetada al sentido común actual sobre cómo relacionarse con los niños. Es difícil leerlo y resultar indiferente.
No es de esos libros que, al concluirlo, uno se entera de algo que no sabía, sino que uno se entera de lo que sabía y no quería enterarse. Este motivo lo convierte en un libro que debe ser leído.
LL/MF



