Ana tiene casi cincuenta años y una hija de dieciséis. Casi toda su existencia transcurrió en la misma comuna del sur santafesino. Allí, una tarde de octubre, bajo la sombra de los tilos que perfuman la vereda cada primavera, conoció al hombre con el que formaría una familia. El mismo que la obligó a abandonar su centro de vida y buscar refugio en otro lugar. Los cambios fueron lentos, casi imperceptibles. Primero dejó de ir al club. “Hay un montón de tipos babosos ahí. Los conozco a todos. No se salva ninguno”, le decía.