A las cinco de la mañana, cuando la región todavía duerme, una abeja nativa vuela en la penumbra de una huerta periurbana. Su objetivo son las flores de zapallito, que acaban de abrirse con las primeras luces del día. El cuerpo de este insecto está perfectamente adaptado para cargar un polen pesado que el viento es incapaz de mover por sí solo. Este recorrido silencioso, repetido de flor en flor, constituye un motor biológico invisible que define el tamaño, la forma y el éxito comercial de las hortalizas que pocas horas después poblarán los mercados de Rosario. Los pormenores de este monitoreo revelan una trama ecológica tan compleja como determinante para la economía regional.


