Las gratitudes

Dar es dar, ser agradecido por lo que se recibe, no permanecer y transcurrir. Del gesto personal al reconocimiento colectivo, valorar la actitud y la palabra de los demás es la evidencia palpable de un modo de transformar el estado de las cosas. Vidas con conciencia, propósito y dignidad.

Estábamos encerrados, con miedo al contagio, pero salimos a las veredas a aplaudirlos. Nadie decía nada, pero a esa hora del final del día, mientras el sol huía, nos enlazábamos en el silencio de nuestras voces y emergía el grito de las manos, para reconocer el trabajo de los médicos.

Pandemia. ¿Cuánta gente fue salvada por la labor de los doctores en los hospitales públicos? Probablemente exista algún registro numérico, aunque lo que ahora me interesa es evocar esos días en que buena parte de la ciudadanía cumplía con el ritual diario de aplaudir.

Algunos médicos murieron en las salas, después de intubar a sus pacientes y contagiarse. El querido Camilo Verruno, por ejemplo. Otros sobrevivieron con la marca indeleble de haber atravesado “desde adentro” la pandemia por covid19.

Hoy, en el país, mientras reaparecen enfermedades que creíamos desterradas para siempre, como tuberculosis, hepatitis A e influenza, entre otras, las condiciones de trabajo de los médicos, y sus salarios, han empeorado radicalmente. Es injusto, ingrato.

El empobrecimiento del salario llevó hace pocos días a que residentes de distintos hospitales comenzaran a movilizarse para visibilizar su situación. En el Hospital Fernández, dependiente del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, entre julio de 2023 y el mismo mes de este año, los sueldos perdieron un 31% de poder adquisitivo. “Tu vida no tiene precio”, arranca una consigna. “Nuestro trabajo, sí: 6.250 la hora”.

“Trabajamos muchísimo, cobramos poco y eso se puede demostrar con los propios datos oficiales”, me explica el doctor Pablo Levit, de Clínica Médica, enfundado en su guardapolvo y con los cálculos en la mano. “Según la ordenanza que regula nuestras residencias no podemos trabajar más de 64 horas por semana, guardias incluidas, pero trabajamos un mínimo de 80. Un residente, médico graduado, profesional con matrícula, cobra 5 mil pesos la hora durante su primer año, mientras un trabajador promedio de la Ciudad percibe 11.251 pesos. Revivimos pacientes a las cuatro de la mañana y cobramos la mitad que el promedio. Desde 2022 perdimos el 22% de nuestro poder de compra”.

La asamblea del Fernández le exige al Ministerio de Salud porteño una recomposición para todos los residentes de 2.800.000 pesos. “E incluso así seguiríamos debajo del promedio, según las propias estadísticas del gobierno. Pedimos un reconocimiento a nuestra labor y dignidad”, señalan los jóvenes doctores que se están formando en alguna especialidad, con título, responsabilidad legal sobre cada paciente y sosteniendo el hospital día y noche, junto a sus colegas más veteranos.

Este escenario se repite, con pequeñas variaciones, en el resto de las instituciones públicas de salud. No es un hecho aislado ni casual, tampoco que se hayan incrementado los suicidios y los padecimientos mentales, y que haya sectores de la ciudad “alfombrados” por personas mudadas a la calle porque no tienen como pagar una vivienda. Mudadas y enmudecidas. Los ejemplos de que las cosas no están bien sobran.

Sin embargo, los habitantes de Buenos Aires “aguantan los trapos”, cada uno desde su lugar. Ocurre con el arte y con la cultura como espectáculo. Sobre la base del deseo, de la fe que resurge cada día, de la necesidad de no quedar anclados en el malestar personal y social, contra el pesimismo cotidiano, hemos insistido en esta columna en la importancia del arte. Vive y revitaliza porque cada individuo y grupalidad creadora ejerce su oficio como si se tratara de respirar.

Si durante el período de encierro, sobrevivimos gracias a las vacunas y los comercios de “proximidad”, con la Minga me encuentro hace unos días con un ciclo de charlas y debates “de proximidad”. Es en el marco de la muestra Vyda, de la extinción a la cooperación, de la artista textil santiagueña, Miri Fioramonti.

Minga, palabra de origen quechua, refiere al encuentro comunitario para levantar la cosecha, construir una vivienda o abrir un camino, sin otro objetivo que hacer el bien. Más que una expo, acá se trata de un encuentro libre y gratuito en el que cada participante se encuentra en pie de igualdad con sus compañeros eventuales. La mayoría no se conoce entre sí y luego de una conversación entre Fioramonti y tres oradores, se forman brigadas de conversación sobre qué dejamos afuera cuando solo pensamos en términos de consumo.

Miri cuenta el origen de la propuesta y lo sitúa en la relación con una de sus abuelas, la ancestra que le enseñó manualidades como el crochet, el bordado y el macramé, tres lenguajes. Lo dice como si contara una fábula, con la poesía de su cuerpo, sus obras textiles proyectadas y la musicalidad de la voz.

Los oradores, en el Centro Cultural de la Cooperación, son el político y docente Amado Boudou, exvicepresidente argentino; la bailarina y coreógrafa Andrea Servera y el politólogo y profesor de Filosofía Alex Campos Sly. Cada uno desde su campo de acción brinda sus pareceres sobre el mercado, el deseo y el consumo, áreas que se superponen, se cruzan, se confunden, nos marean.

En estas experiencias microfísicas de poder tal vez haya una clave, un faro que nos ilumine y nos trascienda. No sólo por el contenido sino por la forma en que, por ejemplo, nos sentamos como tribu alrededor de la sabia y los sabios, que no son otros que nosotros mismos, empoderados.

“Esta es la gente del futuro”, rockeaba Miguel Cantilo, “este es el material con el que edificaremos un mañana total, no sirve para nada clavarse un puñal, tenemos que hacer un mundo mejor, porque éste está enfermo y nosotros no”.

Voy al estreno de Las gratitudes, en el Teatro Picadero. Es una adaptación de la novela de Delphin de Vigan, dirigida por Juan Tupac Soler y Federico Julián Martínez. Buscando la raíz etimológica de la palara gratitud, encuentro que es hermana de grato.

Grato y gratitud tienen una raíz común latina: gratus. Se relacionan con el ida y vuelta que produce bienestar, aunque tratándose de la gratitud, no es la cosa en sí la que nos agrada y satisface sino la persona. “No somos otra cosa que vínculos”, dijo hace poco la protagonista Beatriz Spelzini durante una entrevista. Su papel en la obra es el de una mujer mayor, a punto de retirarse de la vida, internada en un geriátrico. A Michka, así se llama, la acompañan la vecina Marie y el cuidador Jerónimo. Spelzini ofrenda al público una composición inolvidable, la mujer que pierde el lenguaje mientras se va encontrando a sí misma en el pasado. En un toma y daca de gracias, los personajes de Javier Lorenzo y Antonia Bengoechea conforman esa familia elegida que los mantienen a salvo de la crueldad del mundo.

Las gratitudes son eslabones de una cadena de amor, un viaje hacia el pasado antes del fin. Michka buscará con ayuda a un matrimonio que la rescató y salvó durante la guerra; Marie y Jerónimo descubrirán la belleza de la reciprocidad. Todos serán los karayats y el sistema de intercambio de regalos, el kula o el potlach, según los antropólogos clásicos Malinowsky y Mauss. Es decir, las gratitudes.

LH/MF