
El problema no son las razones por las que la actriz eligió la maternidad subrogada, sino el modo en que cuenta esa experiencia: un relato concentrado en sus emociones, sus deseos y sus compras que apenas deja lugar para la mujer que atraviesa el embarazo.
No creo que valga la pena analizar las motivaciones por las cuales Lena Dunham eligió la maternidad subrogada. Es un asunto suyo, tan personal y privado como el de cualquier persona que toma la decisión de tener un hijo de la manera que sea. La verdad es que no hay buenas ni malas razones para ser madre, de una forma o de otra: tampoco creo que nadie sepa del todo por qué quiere tener un hijo. ¿Qué es más virtuoso? ¿Estar enamorada? ¿Querer llenar un vacío? ¿Tener curiosidad por una experiencia nueva? Me da exactamente igual. Por eso ya no me interesan ni me interpelan esos discursos que dicen que una persona no tiene derecho a tener un hijo; no sé ni qué significa eso, ni es el punto. Quienes pensamos que la subrogación es éticamente cuestionable no deberíamos poner el foco ni en el derecho de hijo, ni en las buenas o malas razones para subrogar. Si la subrogación está mal porque implica un riesgo demasiado grande para la persona que atraviesa ese embarazo, y pensamos que una exposición de ese tipo es demasiado para que alguien tenga que hacerlo por dinero es irrelevante si alguien tiene o no “derecho” a un hijo: incluso si ese derecho existe, no es justificación para hacer daño. Una persona a la que le falta un riñón tiene derecho a que se haga todo lo posible para tener un brazo: y sin embargo, a nadie se le ocurriría que de ese derecho se deduce un derecho a quitarle un riñón a alguien. Tampoco me parece demasiado interesante la discusión de si alguien quiere o no quiere un hijo “con sus genes”: uno puede querer lo que sea, el punto es qué te deja hacer el mundo con eso, y eso va a depender de los derechos de los demás, no de lo noble o innoble de tus deseos.
Pero lo que sí me interesa analizar, en términos discursivos y hasta literarios, es el texto que Dunham publicó hace unos días en la revista Vogue, mitad anuncio de nacimiento, mitad publinota de ropa de bebé. Ni bien empecé a leerlo pensé que era algo que haría Hanna Horvath, la protagonista paródicamente enroscada, narcisista pero entrañable de Girls. Solo a Hannah se le podría ocurrir escribir un artículo sobre subrogración puenteando absolutamente cualquier duda sobre si algo tan complejo como un embarazo (y cualquier persona que atravesó problemas de salud sexual y reproductiva como cuenta Dunham tiene claro que un embarazo es complejo: no necesita experimentarlo para saberlo) debería ser algo que mi dinero puede comprar. No solo eso: el artículo se trata, de hecho, de gastar cantidades vergonzosas de dinero en ropita de diseño para bebés. Ni siquiera se pregunta si los miles y miles de dólares que ella gasta en ropa de bebés en un par de horas (no hablo de miles de dólares en sentido metafórico: los vestiditos de bebé de Sonia Rykiel de los que habla en la nota cuestan como 600 dólares, y por lo que ella misma cuenta compró varios) no estarían mejor usados en pagarle más a la mujer que le dará lo más importante del mundo, esa a la que durante todo el artículo llama “nuestra subrogante”. De hecho, quizás lo más extraño de todo sea el modo en que sutilmente va caracterizando a esa mujer en contraposición a ella misma. Una mujer fuerte, que se nota a la legua que sabe manejar en la nieve, a diferencia de ella misma, endeble y frágil. Dunham escribe también que esperaba sentirse celosa de esa mujer por ser capaz de embarazarse y parir, y terminó sintiéndose celosa de su bebé por poder ser acunada en las entrañas de una madre nutricia tan claramente acogedora.
Ni en los sentimientos que Dunham esperaba sentir ni en los que efectivamente terminó experimentando aparecen la pena, o la incomodidad frente a la diferencia entre ellas; de hecho, las únicas diferencias que aparecen son aquellas en las que Dunham puede ubicarse como la víctima, como el sujeto digno de lástima. Ninguna mención al hecho de que otra mujer, para vivir una vida digna y llevar adelante su familia, tenga que emprender “el viaje” (así dice Dunham que lo llaman las agencias, y así lo llama ella) de monetizar su cuerpo. Ninguna mención al hecho de estar gastando en unas compritas compulsivas de ropa de bebé lo que nuestra subrogante debe ganar en un mes. No hay tampoco ninguna pregunta por qué sentirá ella, nuestra subrogante: se sobreentiende que es irrelevante para Dunham, será cosa suya. Este artículo es sobre mí: mi maternidad, mi experiencia, mis emociones, mi esperanza, mi tarjeta de crédito.
No creo que Dunham con este artículo nos haya roto el corazón porque pensáramos que era alguna suerte de ícono feminista: pero creo que sí creíamos, por lo sofisticado del retrato generacional que armó en Girls, que tenía una agudeza mucho más grande de la que demostró para entender el egocentrismo colectivo, propio y ajeno. Si esta nota de Vogue hubiera sido un capítulo de Girls, sería un retrato brillante de una persona tan ensimismada que ni siquiera puede imaginar que semejante texto vaya a caerle mal a nadie: pero no, es un artículo real, de una persona real, no una disección inteligente y ficcional de una subjetividad absurda.
TT/MG



