“Realmente los cuerpos celestes han ejercido siempre una influencia en mi vida. De niña fui incluso sonámbula. Los fines de semana solíamos ir al campo. Dos veces, durante la luna llena, mi madre tuvo que bajar del tejado de nuestra casa; después de eso, en las noches de plenilunio, tuve que dormir siempre en la habitación de mis padres. Más tarde esta predisposición desapareció”. Hay algo insoportable en la serenidad con la que Leni Riefenstahl habla en el documental realizado en 1993 por Ray Müller. En esa voz calma, casi infantil, habita una forma calculada de la negación. Como si la pureza de su voz pudiera absolver aquello que ayudó a construir. Como si la precisión formal, el virtuosismo técnico o la potencia de una invención estética bastaran para eximir a una obra de la historia que la hizo posible. La pregunta que su figura sigue imponiendo no ha perdido vigencia: ¿puede existir arte inocente cuando ha servido de manera tan eficaz a los dispositivos del poder y la muerte? El problema que plantea el cine de propaganda de Leni Riefenstahl no es apenas historiográfico ni cinematográfico. Es una herida ética que obliga a pensar la relación entre forma y responsabilidad, entre creación y obediencia, entre el magnetismo político y la violencia política. Lo que el documental deja vibrando en quien lo observa es una contradicción difícil de resolver. Se percibe con claridad que fue una artista extraordinaria, poseedora de una intuición formal singular y de una disciplina de trabajo feroz. Antes de convertirse en la gran coreógrafa visual del nazismo, ya había construido una trayectoria propia como bailarina, actriz y realizadora. Su relación con el riesgo, con el cuerpo llevado al límite, con la exploración física de la imagen, anticipa una sensibilidad estética que luego encontraría en la propaganda del Tercer Reich un campo de expansión formidable.