La selección volvió a pegarle otro mordisco a la esperanza. Con lo justo, pero suficiente. Una vez más se identificó con el fútbol nuestro, con vocación de potrero, vagabundo y cartonero, pero con un ritmo lento, impreciso, cansado. Con posesión del balón, pero sin intimidar. Poseer por el solo hecho de poseer no determina una filosofía futbolística, si esta no es transversal, incisiva, atrevida, descarada, “insultante” con el adversario. Y no lo fue. Argentina se desdibujó con el fútbol que nos identifica, el de juntarse, triangular, generar los espacios; alejado de ese “blablabla” interminable de teóricos y tertulianos matemáticos que se pasan horas descifrando los entramados del 5-3-2, del 3-5-3, del 4-4-2, sin atender aquella contundente ironía de Cruyff expresada en la década del 90: “Y si agregamos 2 x 2 = 4”.