Los dilemas de una directora de escuela

Dos historias que atraviesan a una directora de escuela pública del conurbano sur y exponen cómo la pobreza, la precariedad laboral, las adicciones y la falta de políticas sociales desbordan la tarea pedagógica y obligan a la institución a responder con recursos cada vez más escasos.

Dos dilemas en una semana para la directora de esta escuela pública del conurbano sur.

Uno

“Seño, Sonia no va a poder venir a clase los miércoles. Conseguí trabajo en La Salada y no la puedo traer”, le dijo Marta a la directora cuando fue a buscar a su hija Sonia, alumna de segundo grado de una escuela del conurbano sur. La noticia la tomó por sorpresa. Enseguida pensó cómo garantizar que la niña no perdiera la continuidad escolar. En las actividades que Sonia podría llevarse a casa, y en cómo acompañar su aprendizaje. Le preocupó que esa ausencia semanal terminara afectando su trayectoria educativa.

A medida que avanzaba el día, la preocupación cambió de escala. Después de una mañana agitada, como lo son todas en una escuela con escasos recursos y donde los problemas cotidianos incluyen el arreglo de un baño que se ha vuelto a tapar, la directora comprendió que había algo mucho más urgente que resolver.

Sonia tiene siete años. Su hermana menor, cuatro. Su papá está preso hace 3 años por tráfico de drogas. Ambas permanecerían solas en la casa desde las seis de la mañana, cuando Marta saliera rumbo a la feria de La Salada, hasta las tres de la tarde, hora en que regresaría. La directora no pudo dejar de pensar en ello durante el resto de la jornada. Cuando Marta volvió a la escuela para recoger a su hija, decidió hablar con ella.

La respuesta llegó cargada de resignación: “Tengo que darles de comer, se tienen que acostumbrar, estamos las tres solas y si yo no trabajo, no comen. Vivo en una pieza que alquilo y le puedo decir a una vecina que me las mire, pero otra no me queda”.

En esas pocas frases se concentra un drama que excede los límites de la escuela. Lo que está en juego no es simplemente la ausencia a clase de una alumna, sino la supervivencia cotidiana de una familia sostenida por el trabajo precario de una mujer sola, atrapada entre dos imperativos igualmente urgentes: cuidar a sus hijas y conseguir el dinero para alimentarlas.

Dos

Todas las tardes, cuando termina la jornada escolar, las maestras de primero y segundo grado acompañan a sus alumnos hasta la puerta de la escuela. Allí los esperan sus madres, padres o algún otro familiar. Es una rutina cotidiana, repetida en cientos de escuelas.

Una tarde, Alejandra, maestra de segundo grado, se acercó a la directora con una inquietud poco común. Necesitaba que alguien la reemplazara en el momento de la salida. Sorprendida, la directora le preguntó por qué. Entonces, en voz baja, Alejandra explicó: “¿Podrás sacar vos a mis nenes al final del día? Hay un papá al que un día llevé preso. Es Mario, el papá de Jonathan. Es del barrio y no quiero que me reconozca. Vos no lo sabés, pero yo antes de ser maestra fui diez años policía”.

Jonathan tiene 8 años y había sido alumno de esta escuela durante el jardín de infantes. Cuando su padre fue detenido, pasó a vivir con su madre y fue transferido a otra escuela. Ahora debía regresar a la institución a la que había asistido inicialmente.

Su madre atravesaba una situación de consumo problemático. “La semana pasada lo dejó en la escuela y recién a las ocho de la noche vinieron a buscarlo. Durante horas nadie apareció. En un rato va a ir el padre a pedirte nuevamente una vacante”, le dijo por teléfono la asistente social a la directora.

Mario había recuperado recientemente la libertad tras cumplir una condena por robo. Cuando llegó a la escuela para hablar con la directora, su presencia llamó de inmediato la atención. Caminaba con gran dificultad, apoyado en unas muletas improvisadas. Su ropa estaba sucia y mostraba signos evidentes de un marcado deterioro físico.

Impactada por su estado la directora le preguntó cómo se encontraba. Mario respondió sin rodeos: “Me sacaron un pedazo de pie porque se me había hecho gangrena”. Ella imaginó una vieja herida de bala mal curada pero no quiso preguntar más. Mario había ido hasta allí por una razón concreta: quería conseguir un lugar para Jonathan en la escuela.

La directora escuchó el pedido de Mario. Sabía que la maestra ex policía que lo había detenido trabajaba en el turno de la mañana. Decidió que Jonathan asista a la escuela en el turno tarde.

Dilemas

¿Qué tienen en común estos dilemas? En términos generales, podríamos decir que los dos están asociados a la pobreza material. En términos más específicos, ninguno tiene que ver con la preparación y labor pedagógica de la directora. Ella, sin embargo, debe enfrentarlos a diario sin más herramientas que su buena disposición y su experiencia.

Carente de recursos como está, con infraestructuras decrépitas y maestros mal pagos, a la escuela pública hoy se le pide que gestione muchos de los males asociados a la marginalidad: la necesidad material, la precariedad laboral, las adicciones, la perdida de libertad. La directora no solo tiene que mantener los baños en buen estado, sino que debe asegurar la calidad y cantidad de los comedores en los que comen a diario miles de niños y niñas. Tiene que reforzar las puertas de la escuela para que no le roben los bancos y sillas y para que los “fisuras” no duerman dentro del edificio. Tiene que proteger a sus alumnos de la inseguridad alimentaria y de la inseguridad física (protecciones que no siempre van de la mano). Tienen que velar por la integridad de sus maestras.

Esa no es la tarea de la escuela pública. Esa es la tarea de la política social. Política social sin la cual, valga la pena recordarlo, no hay posibilidad de combatir la pobreza. Como bien lo dice David Brady, uno de los más reconocidos expertos en el tema: “En la historia moderna de las democracias capitalistas, ningún país ha conseguido reducir y sostener niveles bajos de pobreza sin contar con un Estado de bienestar robusto.” Una robusta política social – implementada en recolección de impuestos, transferencias y servicios – es un requisito para disminuir la pobreza y para que la directora pueda volver a ocuparse de su labor pedagógica.

JA/MG