La guerra, despojada de eufemismos, consiste en quebrar al adversario hasta imponerle la voluntad del vencedor. Gana quien logra dictar condiciones; pierde quien debe aceptarlas. Según ese patrón histórico, los conflictos suelen cerrarse de tres maneras, separadas o combinadas: una resolución militar —con victoria, derrota y eventual capitulación—; un acuerdo de paz negociado, formalizado en un documento diplomático; o un cese indefinido de hostilidades, sin firma ni garantías explícitas. En el conflicto abierto en 2025 con la guerra de los doce días, ninguno de esos desenlaces aparece con claridad. Esa zona gris es el territorio preferido de Donald Trump (foto): allí puede convertir el fracaso en espectáculo, la amenaza en titular y el repliegue en victoria imaginaria. La guerra dejó expuesta, además, la fisura entre Washington y Tel Aviv: Trump buscó una victoria relámpago que incluyera un cambio de régimen en Teherán; Benjamín Netanyahu, en cambio, aprovechó la coyuntura para estirar la ofensiva contra el denominado Eje de la Resistencia, articulado por Irán para desplazar la frontera bélica hacia terceros países.



