Miércoles, mitad de semana y miércoles a mitad de la tarde. Un momento raro, incómodo para jugar contra los ingleses. Pero esas cosas no se eligen. La comparación es incorrecta, pero quizá fue miércoles cuando los ingleses llegaron a esta ciudad y se armó una rosca tremenda que los terminó echando. Y algún porteño mientras juntaba piedras, calentaba agua y afilaba una faca habrá dicho: justo un miércoles tenemos que ponernos a rechazar una invasión. Qué mala relación tenemos con esta gente. Esta vez fue un partido de fútbol y vino con la emoción de más 200 años de llevarnos mal y por su culpa.


