
Cada vez más mujeres trabajan como conductoras de aplicaciones y encuentran allí independencia económica y flexibilidad. Pero también enfrentan acoso, prejuicios y riesgos que las llevan a construir sus propias reglas para moverse por una ciudad que todavía sienten desigual.
Hay una experiencia que muchas pasajeras conocen bien: subir a un auto de aplicación y descubrir que quien está al volante es una mujer. Para algunas, ese simple dato produce una inmediata sensación de tranquilidad.
Cerca de veinte conductoras consultadas para esta nota coinciden en algo: al principio tuvieron miedo y, algunas veces, todavía lo sienten. Sobre todo cuando están solas con un hombre dentro del auto y el viaje las lleva hacia una zona que no conocen.
Rebecca Solnit habla en Los hombres me explican cosas de esa sensación persistente de habitar un mundo que todavía les recuerda a las mujeres cuáles serían los espacios que les corresponden y cuáles no. Las conductoras conviven con pasajeros que les explican cómo manejar aunque ellas sepan hacerlo, les indican por dónde ir aunque el GPS marque el camino, y con el acoso callejero, la inseguridad y la decisión de evitar determinados lugares de la ciudad.
Detrás de todas esas situaciones aparece, de distintas maneras, el mismo mensaje del que habla Solnit: “Este no es tu mundo”.
Los prejuicios no son la realidad
Victoria Ocampo fue una de las primeras mujeres que se animaron a conducir un automóvil en la Argentina. Recordaba que, cuando manejaba, algunos hombres le gritaban que se fuera a lavar los platos. Muchas mujeres mayores de cincuenta años probablemente hayan escuchado alguna vez una frase parecida.
Pero los prejuicios no necesariamente se corresponden con lo que ocurre en las calles. Las estadísticas muestran que las mujeres tienden a adoptar conductas más prudentes al volante: utilizan más el cinturón de seguridad y respetan en mayor medida las normas de tránsito.
Las mujeres buscan independencia y flexibilidad, pero la actividad no está exenta de peligros
Según un estudio de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, el uso del cinturón alcanza al 62,5% entre las mujeres y al 53,4% entre los varones. También se observa entre ellas un mayor cumplimiento de las normas. Y hay una diferencia de base: de acuerdo con datos del organismo, el 72% de quienes conducen son hombres y el 28%, mujeres.
Existe, sin embargo, otra particularidad. Aunque los hombres aparecen en los estudios como más propensos a adoptar conductas riesgosas y a utilizar menos el cinturón de seguridad, las mujeres pueden sufrir lesiones más graves en determinados siniestros y presentar un mayor riesgo de muerte.
Las voces de las conductoras
Alejandra es socia-conductora y solo un día al mes no sale a manejar. El resto trabaja porque necesita cubrir sus gastos. “No tengo miedo, pero la ciudad es una jungla, una jungla de cemento”, dice. Habla de los micromachismos, de los camiones y colectivos que parecen sentirse dueños de la calle y se le tiran encima del auto. Pero, cuando hace el balance, destaca otra cosa: la autonomía que encontró en este trabajo. “Tengo libertad y elijo mis horas.”
Claudia tiene cincuenta años. Cuando terminó su contrato como administrativa y se encontró frente a un mercado laboral inestable, decidió probar con las aplicaciones. Empezó con miedo, pero rápidamente desarrolló sus propias reglas. Como muchas de las entrevistadas, prefiere llevar mujeres, evita determinados barrios y no acepta transportar paquetes porque desconoce qué pueden contener.
Consultada sobre si sufrió machismo o acoso, responde: “Estás sola con hombres, encerrada, estás expuesta”. Nunca le ocurrió nada que considere grave, pero sí recibió mensajes de pasajeros que le preguntaron si podían pasar la noche con ella.
Antonella era diseñadora de indumentaria y no llegaba a fin de mes. En 2024 decidió empezar a manejar su auto. No conocía a nadie que lo hubiera hecho antes ni tenía una red que pudiera explicarle cómo funcionaba ese mundo. Comparó lo que podía ganar conduciendo con los ingresos de sus amigas y los números cerraban mejor. Pero lo más importante vino después: gracias a ese trabajo pudo estudiar lo que quería y crear un emprendimiento propio del que hoy vive. Para ella, manejar fue un puente.
Olga sabe que ser mujer puede significar estar expuesta a algo más que un robo. Alguna vez intentaron besarla por la fuerza. La mayoría de sus pasajeras son mujeres y cuenta que los hombres mayores suelen indicarle cómo manejar o por dónde ir. También percibe otra forma de violencia. Algunos conductores se vuelven más agresivos cuando descubren que quien está al volante es una mujer. Aun así, Olga prefiere trabajar en el auto antes que en una oficina. “Ya tengo cincuenta años, soy vieja para el mercado”, dice.
Romina también tiene más de cincuenta. Dejó su trabajo cuando su hijo se fue de su casa y atravesó lo que describe como el síndrome del nido vacío. Lleva ocho años manejando y nunca tuvo un problema grave. Pero no olvida su primer viaje: una madre desesperada llevaba a su hija a una guardia. “Eso tenemos las mujeres: empatía. Vamos despacio si hay una embarazada, sabemos cuándo hablar, cuándo escuchar, cuándo dar un consejo”.
María también hizo viajes con miedo: hombres sentados atrás, zonas peligrosas, momentos en los que no sabía qué podía pasar. Nunca sufrió un episodio grave. Sobre los mecanismos disponibles ante una situación de riesgo, cuenta que la aplicación les advierte sobre zonas complicadas y dispone de herramientas para comunicarse con el 911. Después agrega algo que aprendió con el tiempo. “Como saben que no me van a ver más, me usan de confesionario. Y algunos ni los buenos días me dicen”.
El crecimiento de las mujeres en este trabajo también aparece en los números de las empresas. Consultada para esta nota, DiDi informó que desde el lanzamiento de la Academia de Mujeres Conductoras, en 2022, se triplicó la cantidad de mujeres registradas como conductoras y, durante 2025, este segmento creció un 121% y que los aspectos que ellas más valoran son la independencia económica y la flexibilidad horaria.
Según los datos aportados por la compañía, el 76% de las conductoras son madres y el 80% realiza tareas de cuidado dentro del hogar. Poder decidir cuándo conectarse, dónde trabajar y durante cuánto tiempo les permite combinar los viajes con estudios, emprendimientos, responsabilidades familiares u otras ocupaciones.
La empresa señaló además que utiliza inteligencia artificial para asignar y monitorear los viajes en tiempo real, detectar anomalías, conductas peligrosas o desvíos de ruta. También dispone de un botón de emergencia para contactar al 911, grabación de audio y protocolos de atención ante denuncias.
Mujeres que eligen a mujeres
Irina Sternik, periodista especializada en cultura digital, sigue esta transformación desde hace años. Cuenta que durante la pandemia comenzaron a surgir y consolidarse servicios destinados específicamente a mujeres, en paralelo con el crecimiento de las plataformas.
Uber había fortalecido en 2019 su comunidad de conductoras en la Argentina y en 2020 lanzó Uber Ellas. Un año después, She Taxi, un servicio creado por la taxista María Eva Juncos, llegó desde Rosario a la Ciudad de Buenos Aires y otras provincias.
Con el tiempo, las plataformas fueron incorporando distintas herramientas para vincular a conductoras y pasajeras. DiDi, por ejemplo, permite a sus conductoras elegir recibir viajes de mujeres. Hay una razón evidente: la sensación de seguridad. Pero también hay otra: la confianza.
La calle tiene sus peligros y siempre es un alivio para una mujer ver que conduce otra mujer
El precio de la libertad
Elegir cuántas horas trabajar y en qué momento del día tiene un valor enorme para muchas de las mujeres entrevistadas. Les permite cuidar a sus hijos, estudiar, sostener otro empleo, desarrollar un emprendimiento o simplemente obtener un ingreso cuando el mercado laboral tradicional no les ofrece una alternativa.
Pero las plataformas también pueden funcionar como respuesta a un problema social más amplio. En un contexto de dificultades para conseguir empleos estables, cada vez más personas necesitan encontrar otras maneras de generar ingresos.
Hay una pregunta que atraviesa todas estas historias: ¿cómo viven las mujeres la calle cuando pasan diez, doce o catorce horas dentro de un auto?
Las respuestas terminan convirtiéndose en una especie de manual informal de supervivencia: intentar llevar mujeres, hablar poco cuando quien viaja atrás es un hombre, evitar zonas consideradas peligrosas, moverse por determinados barrios, no aceptar paquetes de desconocidos y, sobre todo, confiar en la intuición. Cuando algo parece estar mal, muchas prefieren no averiguarlo.
Algunas de las conductoras cuentan que, cuando terminan de trabajar de noche, se quedan dormidas en una estación de servicio hasta que vuelve a haber movimiento en las calles. Otras atravesaron emboscadas y robos.
También acumulan historias de amor y desamor. Como la de una pasajera que, completamente nerviosa, le pidió a una conductora que la llevara hasta un hotel porque acababa de descubrir que su marido estaba allí con otra mujer.
Son conductoras, pero durante horas también acompañan. Llevan familias a una guardia, escuchan problemas, esperan a que adolescentes entren a sus casas. Algunas pasan diez horas entre el tránsito, el cansancio y los malos tratos y, aun así, cuando alguien abre la puerta del auto, reciben a esa persona con un “buen día”. Mujeres que, muchas veces, cuidan a otras mujeres.
Quizás por eso la sensación de alivio que experimentan algunas pasajeras cuando suben a un auto y ven a una mujer detrás del volante no sea solamente una cuestión de seguridad. También puede ser el reconocimiento de alguien que conoce la misma ciudad, sus desigualdades y sus riesgos. Una mujer que conoce aquella sensación de la que habla Solnit —“este no es tu mundo”— pero que aprendió a ocuparlo de todos modos. Claudia lo resume en una frase dirigida a otras pasajeras antes de terminar un viaje: “Siempre pedí que la conductora sea una mujer”.



