El fútbol de Lionel Messi conmueve. No hay con qué darle. Y también, claro, la escena: un tipo que en una semana va a cumplir 39 años, un futbolista que podría estar caducado en estos tiempos de fases totales, mayores exigencias físicas y europibes floreciendo, debuta con la bandera argentina en el pecho en el que se prevé como su último Mundial y hace tres goles. Y ya está. Ya no importa nada lo que él diga ni lo que digan los demás: la belleza de su fútbol sigue tan vigente como siempre. Y es la prueba, en un mundo que se reproduce gozoso y bobo de inteligencia artificial, de que la singularidad humana es la que verdaderamente conmueve y emociona. Los 16 goles a los que llegó Messi en Mundiales -esos que lo convierten en el máximo goleador de las Copas junto al alemán Miroslav Klose- son una cifra más para un hecho estético que no puede explicarse solo con estadísticas. Recordar (“volver a pasar por el corazón”, como decía el maestro Eduardo Galeano) quizá sea un camino para abrazar toda esa magia.