El Mundial de fútbol 2026 pareció guionado por Brecht y Jarry: un género de excesos, donde lo dramático se volvió trágico y risotada lo gracioso. La realidad funcionó como vestíbulo de su propia máscara. Para quienes odiaron a un argentino, Giovanni Infantino fue «El Ello» de El Eternauta, la entidad que devolvería a la Argentina campeona. Claudio Tapia apareció como candidato al Nobel de la Paz por su defensa del derecho a la Cuarta Copa. Lionel Messi, uno de los jugadores más martirizados, fue acusado de haber golpeado el tobillo izquierdo del inglés Djed Spence, aunque se lo hubiera doblado. Los argentinos que se defendían comparaban la frase de la Pulga —«¿Qué mirá’, bobo? Andá pa’ shá»— con la de Shakespeare: «Ser o no ser, esa es la cuestión». En el Mundial 2026, los feos eran hombres a una nariz pegados y el público lloró a mares; durante 39 días, no hubo nada peor que la mesura.



