En la tristeza de un funeral argentino bajo la lluvia –parecido al de Eva Perón en agosto de 1952– los ricoteros se acercan a los micrófonos y dicen cosas hermosas y desaforadas, igual al fervor inmenso que el Indio Solari y los Redonditos de Ricota les hicieron crecer en el corazón. En esa expresividad lo que se repite una y otra vez es “perdí a mi papá”. “Se murió mi papá”. Mi viejo de verdad está bien, dice uno, perdí al Padre Indio. Otra chica asegura que entierra a un padre por segunda vez. Y otra, que se murió su padre verdadero porque al otro, al que debía haberla criado y amado, nunca lo tuvo. “Cuánta orfandad”, me escribe una amiga uruguaya en un mensaje. Vivo en Australia: las exequias de Solari me llegan desde pantallas en un escroleo zombie y desolado, interrumpido por partes informativos desde la cola en Villa Dominico. “Lo entierran en el club donde te llevábamos de chica”, me dice mi madre desde el sur del conurbano, que vio los funerales de Rodrigo y Sandro –enterrado en Longchamps–, y la sepultura de Luca Prodan, ya trasladado del cementerio de Avellaneda. Otro amigo, mucho más joven que yo, desde Córdoba, me escribe: “No puedo creer que en 1986 haya sido popular un disco tan raro y oscuro como Oktubre”.

