
En su primer largometraje, el joven director Sven Bresser revela una decantada maestría para crear atmósferas que generan misterio y presagios sobre la presencia de la violencia en una amigable comunidad rural.
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La/el que avisa no traiciona: aunque cautivadora en la creación de atmósferas sugerentes y con un gesto cinematográfico de una estética refinada que por momentos llega a la abstracción pictórica, Tierra de crimen es una película que no se la hace fácil al público. Para empezar, plantea enigmas sobre la amenaza del mal, representado aquí por una violencia atroz, pero no ofrece respuestas tranquilizadoras que reconforten en alguna medida, ni gratificaciones justicieras. Ninguna explicación, ninguna certeza sobre los predadores.
Por el contrario, Tierra… nos deja en diálogo con la incertidumbre, nos da un espacio para la reflexión, para posibles lecturas de esta historia que transcurre en una zona rural del norte de Holanda –ahora, Países Bajos– con el paisaje abierto a un horizonte de árboles enmarcando grandes extensiones pantanosas, donde crecen esbeltos y flexibles juncos que se mecen al compás y el arrullo del viento… Un panorama que, de movida, bien podría llevarnos a pensar en las bondades de la vida bucólica… Nada más distante de las intenciones del director Sven Bresser (1992) en su ópera prima, que tuvo la merecida suerte de ser seleccionada para la Semana de la Crítica del Festival de Cannes.
Porque a Bresser le importó mostrar las consecuencias de una tremenda manifestación del mal que, evidentemente, estaba latente en ese pueblito donde todos sus habitantes se conocen y parecen dispuestos a la ayuda mutua. Y donde el protagonista, Johan, es un rutinario rietsmajeer –cortador de juncos– que, en el arranque, cumple con el ritual de segar en un mar de finas cañas doradas que selecciona y reúne prolijamente en atados que va apilando. Arma montañitas con los desechos, les prende fuego y un humo denso invade la pantalla compitiendo con los nubarrones. El hombre hace pis en la orilla del lago, toma un barquito y regresa a su casa aislada en el campo.
El bello y apacible paisaje que se puede volver oscuramente hostil
De noche, allí, sentado a la mesa, vemos por primera vez un gran plano de su rostro baqueteado por el trabajo de muchos años a la intemperie. Sus manos curtidas, las uñas rotas, los dedos cruzados para rezar antes de comer su guisito de carne con papas bajo la mirada, desde las paredes, de viejas fotos de familia en blanco y negro, una de ellas en colores, donde una mujer lleva a un caballo blanco. El hombre para la oreja, ha escuchado el ruido del motor de un coche que se detiene. Es su hija Aaf que viene a traer a su nieta Dana –rondando los 10 años– ya dormida. Johan, el cortador de juntos, la toma en sus brazos y la lleva a la cama sin despertarla. Al día siguiente, luego de darle el desayuno a la niña y atender a su querido caballo Grise, entre los juncos sigue unas marcas y se encuentra con la escena que trastocará su vida habitual de viudo austero: el cuerpo sin vida de una joven, boca abajo, el jean bajado, que la cámara toma por partes y en conjunto sin el menor regodeo. Un femicidio precedido de una violación que inducirá a Johan a investigar por su cuenta y riesgo, a caer en situaciones que rozan el terror fantástico. Asimismo, otras que le producen hondo dolor, una paranoia creciente.
Sven Bresser, director
Un cineasta realmente comprometido
Cuando se decidió por la temática de Tierra de crimen, que comprendía cuestiones políticas, sociales, económicas, ecológicas, Bresser buscó un pueblo que se asemejara a los que había conocido de niño, con sus campos cubiertos de juncos que daban atractivo al paisaje y trabajo a mucha gente. Además de contribuir a la conservación de los humedales, las raíces filtraban contaminantes, aportando así a la purificación del agua. Su madre, a quien le dedica la película, le enseñó a apreciar esas delicadas plantas que cuando viraban al amarillo se convertían en manojos amarrados que se usaban en cestería y otras artesanías, o como materia prima para los tradicionales techos de paja del país.
El cortador de juncos cumpliendo su ritual diario
Así fue que, en plan de documentarse, SB se afincó un buen tiempo en una de esas localidades, se hizo amigo e interactuó con sus pobladores, cosechó juncos con sus propias manos. Y conoció al increíble Gerrit Knobbe, un laburante del cañaveral que nunca había actuado. Con esos rasgos esculpidos, esa economía del gesto y la palabra, el futuro director de Tierra de crimen pensó que sería el protagonista ideal de su proyecto. Acaso Bresser asoció con las ideas del gran realizador francés Robert Bresson, que prefería trabajar con personas despojadas de todo juego actoral, teatral y así capturar algo genuino, verdadero, no empañado por el intento de “componer” un personaje con tics interpretativos. Todo un acierto porque Knobbe, más allá de su rostro impasible, como bloqueadas sus emociones, irradia una especie de vida interior secreta, que nunca se verbaliza.
Campaña bélica, escultura para un cementerio de los Países Bajos, Armando, 1989
Descubrir el rendimiento de GK frente a la cámara en las pruebas, alentó a SB a convocar a otras personas del lugar para que cubrieran papeles episódicos sin marcarlos en forma convencional. Y la verdad es que supo dirigir a niñas y niños, hombres y mujeres con logros inhabituales que suman a la extrañeza que genera la cinta toda. Desde la nieta de Johan que nunca se hace la linda (pero es preciosa) hasta el niño que dice el poema en la ceremonia fúnebre de la joven asesinada; desde el hombre mudo que está en una silla de ruedas y no habla pero se expresa soltando gases, provocando de este modo la única semisonrisa de Johan, se percibe claramente esa forma otra de manejar el cuerpo y la palabra en la pantalla, inclusive de cantar varios lieds una muchacha libre de amaneramientos, o de actuar los niños en la obra escolar que remite a la leyenda universal del pueblo sumergido, con sirenita buena y marineros malos. Un momento rebosante de gracia ingenua con brillos y colores, donde hay chicos que hacen de nubes, que mueven las olas de cartón pintado. Entre el público asistente se distinguen las caras, las posturas de gente común y corriente, pueblerina y sin glamour que no intenta congraciarse con la cámara. Sobre el cierre de esta representación, Johan, que ha accedido al pedido de su nieta (con una máscara que él mismo realizó) hace de hipopótamo gigante y malvado que es vencido por la niña.
Johan (Gerrit Knobbe) frente al cañaveral
Entre otras fuentes de su relato, Bresser se inspiró en la historia real de un migrante acusado de un crimen que no había cometido, cuya inocencia quedó demostrada pocos años después, mediante un ADN que señaló como culpable a un integrante de la comunidad. En Tierra de crimen es detenido un joven del pueblo rival, cruzando el lago, luego liberado por falta de pruebas. La problemática de los refugiados se filtra en los noticieros de la radio, de la tevé, lo mismo que el debate acerca de si los lobos deben seguir siendo una especie protegida y otros asuntos de actualidad.
La puesta en imágenes y en sonidos de este estreno ofrece un acabado de llamativa calidad para un debutante, tan atento a los contenidos como a los aspectos formales, que supo rodearse de excelentes artistas. En cuanto al papel inquietante que juegan los elementos el viento, la lluvia, el fuego, la vegetación–, SB reconoce la influencia del artista neerlandés apodado Armando (Herman Dirk Van Dodeweerd, 1929-2018) y su poético concepto de “naturaleza culpable” para referirse a su indiferencia frente al sufrimiento humano. La obra de este pintor, escultor, poeta y músico llevó al director a mirar de distinta manera el entorno rural que conocía desde la infancia, a observar un mundo más oscuro de lo que parecía a primera vista. También a difuminar los límites entre lo real y lo fantástico.
Vestido rojo, cuadro de Armando, 2026
Tierra de crimen, 112 minutos
Salas: Cinépolis Recoleta, Atlas Patio Bullrich, Lorca, Cacodelphia, Multiplex Belgrano, Showcase Norte



