Esta es una de esas victorias que te atraviesan el alma. Se filtra, perfora, supura. Brota de un sueño dulce, colectivo. De una alegría pegajosa, “pegadita” al pie, que se ve y se reconoce, y baila en las esquinas donde explosiona la fiesta. Es de aliento hondo, penetrante, que limpia el aire y lo hace felizmente respirable. Un triunfo que nos permite seguir subidos a la esperanza, esa que andamos buscando en este presente desfigurado y no aparece, sigue huida en estos tiempos de malaria compartida.