La imagen se repite en cada partido. No importan ni las nacionalidades ni tampoco los momentos. Mucho menos el resultado. Es universal. Instintiva o premeditadamente, parece ser la imagen del hincha del siglo XXI en los mundiales. Es cuestión de que la cámara de los estadios pose durante algunos segundos el foco en un hincha para que éste inmediatamente pegue un grito y levante los brazos desaforadamente como si su equipo acabara de convertir un gol. Pero no: es solo la excitación de verse (que lo vean) en pantalla grande. Los 15 minutos de fama transformados en un puñado de segundos. Como en el básquet, como en el béisbol, como en la NFL, pero ahora importado al fútbol.



