La historia se repite primero como tragedia, luego como farsa. Lo dijo Marx, Groucho no, el otro. Esta historia es muy actual. Al poco de nacer, Jesús fue llevado precipitadamente por sus padres de Judea a tierras del Nilo, en el viaje que se conoce como “la huida a Egipto”. Era preciso salvarle la vida. Según el relato de Mateo, el nuevo rey de los judíos, Herodes el Grande, “montó en cólera y ordenó la ejecución de todos los nacidos menores de dos años”. Fue entonces cuando al carpintero José se le apareció un ángel y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto y permanece allá hasta que yo te diga, porque Herodes buscará al niño para matarlo”. Se fueron con lo puesto. Una opción exacta a la de quienes hoy emigran al objeto de proteger su vida y su seguridad frente a persecuciones o situaciones peligrosas: los que lo hacen, más que por razones económicas, por otras de índole política, como quienes buscan refugio o asilo. La esencia de la condición de cualquier emigrante de cualquier época, incluida la de Jesús: verse impelido a abandonar el propio territorio de origen por constricciones ajenas a su voluntad. No es preciso ser biblista ni religioso para descubrir estos textos. Basta con ser curioso y buscarlos. “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25:35). En la cristiana y fascista aldea de Trump, hoy Jesús sería deportado. Es que no sobran inmigrantes, sobran fascistas.



