Algunas alegrías no requieren explicaciones ni validaciones; simplemente se sienten, se comparten y nos atraviesan. El triunfo de la selección de fútbol frente a Egipto, el pasado martes 7 de julio, es un ejemplo de esto. Ese día, por el horario en que se jugó, me tocó abrir mi programa (“Los Profesionales con Flor”), apenas terminó el partido. Todavía tenía el corazón acelerado cuando salí al aire con el alma pintada de celeste y blanco, como millones de argentinos. Ese tercer gol que nos metió en cuartos de final fue uno de los mayores desahogos colectivos que yo pueda recordar.



